Salamanca
Salamanca es especial. Quien haya tenido la suerte de pasar una temporada en esta ciudad, se habrá quedado impregnado de una sensación extraña que le acompañará toda la vida. Es como si esos muros centenarios guardaran los ecos de las alegrías, las ensoñaciones, las desilusiones, los ocasos y las esperanzas de quienes dieron vida a estas piedras castellano-leonesas.
Esta noche he podido deambular por sus calles y raspar las yemas de mis dedos con los sillares de la piedra franca de Villamayor. Sin poder evitarlo, vienen a mi mente imágenes que nunca pude haber vivido: novicios angustiados por los exámenes de teología dogmática, ganaderos satisfechos por las hechuras de sus camadas, intelectuales despechados y perdidos ante el horror del ser y de la nada, niños que luego fueron viejos y que jamás serán recordados…
He verificado que, como decía un querido amigo, “la juventud es siempre muy actual”. Algunos sentados en el suelo de la Plaza Mayor mientras se afanan en hacer la red social aún más red…y quizás menos social. Otros, atraídos por el romanticismo de venir a estas tierras a aprender nuestra lengua. Hoy por esta razón, dejo este post sin más traducción. Hoy más Cervantes que nunca. Cervantes, más alabado que leído, y a quien no puedo quitarle ni un ápice de razón cuando decía:
Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que la apacibilidad de su vivienda han gustado