Sánchez se toma su segunda cerveza sentado entre La Negra y la Deborah.
La Negra, de nariz ancha y labios carnosos fuma un cigarrillo indolente, Deborah cuenta sobre la precocidad de su último cliente. Blanca, ojos y pelo negro, el cuerpo desgastado de tanto abuso lo lleva enfundado en un cinturón que quiere pasar por falda, sostén de encaje y medias. Habla medio en broma, medio en serio sobre los tres o cuatro minutos que estuvo encima de él.
Sánchez, blanco y barrigón de unos 30 años mal llevados, sonríe, una mano en la cerveza, la otra en la pierna rotunda de la negra. Yo los veo aburrido, cerveza en mano.
Los perros de la pared siguen con su partida de poker, el televisor sin sonido muestra el mete y saca de una porno mala, el bulldog del cuadro intenta meter el as escondido mientras el San Bernardo lo vigila desconfiado.
Manuel, oculto en la penumbra de la barra observa a los pocos clientes, despacha una cerveza cada tanto y seca obsesivamente los aros de humedad que dejan sobre la barra de formica maltratada. En el televisor, la mujer ahora hace muecas absurdas mientras dos penes le golpean la cara. El teléfono vibra en mi bolsillo, el vallenato a todo volumen no me deja escuchar el tono, me levanto, salgo al patiecillo interno de la vieja casa y atiendo la llamada.
-Narváez, ¿Donde coños está Sánchez? ¿Anda contigo?
Es el comisario en jefe, debe ser una vaina importante para que nos esté llamando. Le hago señas a Rodríguez, no me ve pero la gocha si, le dice algo y Sánchez voltea.
-Sí, mi comisario está conmigo, ¿Se lo paso?
-Claro, muévete es urgente.
Le hago señas para que venga, empina la botella, la vacía de un trago y viene con paso indolente; le hago señas más insistentes y me mira con odio pero apura un poco el paso. Cuando al fin está cerca le digo tapando la bocina “es el comisario” y le doy el teléfono. Lo agarra, se aleja unos pasos y asiente una y otra vez, cada vez más serio.
Termina la llamada, me entrega el teléfono y se encamina a la puerta.
-Vámonos, dice.
Voy a buscar mi cerveza para terminarla y me dice.
-Coño, apúrate, que la vaina es urgente, deja esa mierda ahí.
“Ese gordo coño de madre”
Nos encaminamos a la puerta, pasamos junto a las mujeres; la gocha me mira con curiosidad, la negra ahora se lima las uñas, ambas parecen un poco aliviadas. Salimos, afuera el sol brilla y me encandila. Tardo un momento en adaptar los ojos, Sánchez ya está dentro del carro encendido y dice:
-¡Muévete pues!