Uno puede ser cortoplacista toda la vida. Como quien hace dietas que exigen seis meses y la abandona al tercer día, y eso que hizo trampa. Hay la de la manzana, la de la grasa, la de la piña, la de jugos verdes y la de luna. Usted puede pesar 200 kilos y haber hecho la misma cantidad de regímenes incumpliendo. Puede tener locus de control externo para excusarse, culpan a un enemigo exterior a su propia voluntad: es muy caro comer sano, mis hormonas y genética no me ayudan, es que mi horario, mi trabajo, mi familia y así, empezar de nuevo.
En Venezuela es patente como un negocio manejado por un chino, árabe o portugués causa envidia y admiración al mismo tiempo, porque estos extranjeros que llegaron sin papeles ni dinero construyen un mini o gran imperio en 30 o 40 años de esfuerzo. De nuevo, hay quienes los acusan de tramposos, especuladores o incluso de pichirres, de vivir mal. "No gozan su dinero, se mueren y no han disfrutado, mira la ropa que tiene". Una vez entrevisté a un panadero venezolano en La Victoria, estado Aragua. "Yo tengo 30 años aquí y sigo en el mismo puesto, amasando y horneando, pero el tipo de la panadería del frente llegó a lo mismo en esta panadería, a los seis meses se asoció y a los dos años monto la del frente. Claro, ese tipo pasó meses comiendo cambur, refresco y galleta de sopa, con la misma camisa y el mismo pantalón, no bebe cerveza, no jugaba caballo y no tenía amantes. Y yo todo eso. No soy capaz de hacer los sacrificios que hacen ellos".
Lo mismo pasa cuando un amigo o una amiga te dicen que montaron un negocio pero al poco tiempo lo cerraron. Porque muchos venezolanos emprendemos o tenemos ganas de hacerlo, más que la media latinoamericana, pero la tasa de abandono o fracaso es altísima también. Porque planeamos "recuperar el capital" rápido, queremos a los seis meses comprar carro y al año una casa, pero en el medio "disfrutar" con algún almuerzo en la calle, un viajecito en la playa o unos rones. Nos ha costado muchísimo aplicar el ahorro, reinversión y mirada a largo plazo.
Mi papá ha tenido decenas de negocios. Desde mis amados "Nintendolandia" alquilando televisores con cónsolas de videojuegos en barrios de Maracay pasando por varias licorerías, una librería, una venta de carros usados, un mayor de tela, una distribuidora de productos de cuero e incluso una farmacia. Admiro y he aprendido sus habilidades mercantiles, pero también recuerdo que un amigo, hijo de un español, me dijo una vez: "tu papá no es millonario porque nos e queda con un solo negocio, aguanta, aprende los altibajos y permanece mientras lo demás fracasan". El suyo, con una tienda de ropa en el centro desde hace décadas, le va infinitamente mejor. La constancia.
Dígame si queremos estudiar. No falta quien te dice que ella o él se van por una carrera corta, "porque no puedo esperar cinco años". Y cuando va en el segundo semestre te dice que consiguió un curso técnico de 9 meses para después pasar a un taller de un mes y finalizar diciendo: "chamo, me puse a trabajar porque no puedo perder tiempo".
Lo mismo ha pasado en política. Queremos que caiga la bomba, que se arme el rollo, que bajen los cerros, que se arrechen los militares, que la oposición tenga gónadas, que el país cambie. Eso sí, con un plan de una semana o máximo un mes. Porque "no podemos dejar de trabajar, de llevar a los chamos a la escuela, de vivir la vida normal". Y así otra vez, repetimos planes, estrategias y movimientos, pero de corto alcance. "Ahora sí, ya se va, vamos a cambiar" no implica una transformación social desde el individuo sino que no hay tiempo que perder... la dieta de la piña, la protesta de un mes, las inyecciones para adelgazar, denunciar el fraude, el té chino y no votemos, ya acepté mi cuerpo, volvamos a votar, no había hecho bien la de la manzana, protestemos pero todos, no yo sólo, es que mi papá era gordo y mi abuela también...
Y volver a empezar...