¿Alguna vez han sentido pertenecer a algún sitio, en específico, al lugar donde nacieron y crecieron? La mayoría pensará que sí, y les digo con sinceridad; yo también, ¿es lo normal, no?
Siempre está el deseo de salir y conocer el mundo, pero siempre piensas en volver a tu hogar. ¿Cuando les mencionan "hogar" no sienten una sensación de abrazo caluroso? ¿Piensan en su familia, y en ese lugar que se sienten protegidos? ¿Recuerdan esa calle que tanto transitaron y parece nunca cambiar?
De pequeña varias veces me quedaba pensando qué haría en unos años. Quizás lo típico, y siguiendo el ciclo: la universidad, graduarme, comenzar mi primer empleo y comprar mi primera casa... El lugar estaba de más mencionarlo, por supuesto que en mi país.
Un día todo cambia, y afrontas la realidad. Acorde fui creciendo, la situación de mi país se fue agravando, a tal punto que todo se imposibilitaba. Sí. La situación socioeconómica fue en bajada y todo era cada vez más caro e insostenible, ¿cómo soportar vivir en un lugar donde no te sientes seguro y comer tres veces al día es un lujo?
Mis planes, de esos que comenté, ya no eran los mismos. Con 17 años, luego de graduarme de bachiller, quise entrar a la universidad y nuevamente veía obstáculos por todos lados, por supuesto producto del gobierno de Venezuela. Cada día sentía más rabia e impotencia, cada día no podía evitar sentirme triste y ver a mi madre aún más triste por sentir que ya no podía más; trabajando por más horas, siendo profesional, habiéndose esforzado por tener un título y ejercer su carrera, a duras penas le alcanzaba para encontrar lo "necesario" para comer. Me sentía deprimida, sabía que debía encontrar alguna forma de ayudar a mi familia, sin embargo, no tenía ánimos de nada.
Se acababan de dar por terminadas las últimas protestas que se realizaron en el país, las cuales duraron al rededor de 4 meses y en las que todos teníamos puestas nuestras esperanzas. Terminó en muertes inocentes, en su mayoría de jóvenes. Posteriormente la hiperinflación nos seguía comiendo vivos.
En Agosto del 2017 lo tenía más que decidido; debía irme de Venezuela, por mí y por mi familia. No sabía cómo, algo se me ocurriría.
Empecé a hablar con mi tía y mi prima que viven en España, se ofrecieron ayudarme con pasaje y hospedaje hasta que pudiese valerme económicamente. Y así fue, tenía mi billete para el 19 de Septiembre del 2017. Con tan sólo un mes de anticipación, no me sentía nada preparada, y parecía mentira que por fin saldría de toda esa tormenta.
Era tan injusto pensar que prácticamente estaba huyendo de mi país. Que debía separarme de mi familia, de mis amigos, de mi hogar. En pocas palabras; separarme de lo más importante en mi vida, agarrar una maleta con lo más necesario y no volver. Es desgarrador.
Llegó el día de mi partida y hablar de despedidas es un punto que aún prefiero no tocar a fondo, lo puedo decir con seguridad: las despedidas no deberían existir. Es ese momento en el que mientras te despides de cada persona, te preguntas internamente: "¿volveré a verle algún día?"
Al llegar aquí, parecía mentira. Visité tantos lugares hermosos, parte de la península de España que conocí podría afirmar que son lugares llenos de magia. Me sentía rodeada de una inmensidad casi absurda, me perdía en cada parte que perseguía con la mirada, y cada calle contaba una historia. Estaba rodeada de historia.
Catedral de Segovia
Toledo, Puente de San Martín
Luego llegué a las Islas Canarias, donde vivo actualmente. La naturaleza es maravillosa y sus montañas se sienten tan cerca que no puedes parar de mirarlas. Es acogedor, y se me asemeja a casa, incluyendo a sus habitantes amables y alegres.
Observatorio del Roque de los Muchachos (ORM), al borde del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, a 2.396 m. de altitud.
Sólo puedo pensar en todo lo que he cambiado y aprendido desde que llegué, adjunto a un largo suspiro.
Emigrar es conocer(se), cambiar, aprender, soltar, añorar, empaparse de otra cultura. Se siente tanto a la vez. Se aprende a valorar cada pequeño detalle. Se extraña, se llora, la nostalgia abunda y piensas en regresar pero sabes que no puedes, no debes y no quieres.
Cuántas veces no habré deseado en estos cuatro meses salir corriendo a abrazar a todas las personas que dejé en Venezuela. Y sí, espero algún día volver.
Por ahora, con toda seguridad, puedo decir que fue de las mejores decisiones de mi vida y que no puedo hacer más que agradecer y estar feliz con España, mi país de acogida. Gracias, gracias, gracias.
Un día como hoy, hace cuatro meses, tomaba un avión sin retorno.