Por albóndiga
El detective Barriga rodó como la bola que era; el golpe pareció chorro de manteca caliente porque sintió que le derritió los sesos.
Había sido el mejor hasta que dejó de ver detalles, perdió su tercer ojo y solo le preocuparon las albóndigas. Pero el trancazo le recordó que los diamantes se forman por presión, y como lo atoró una papa, pensó que las semillas crecen en la oscuridad. Inspirado, largó la papa, olvidó sus pesadillas, que lo golpeaban cada noche al lanzarlo al suelo, y retomó su excentricidad.
─Mi arma estaba ahí porque la había empeñado por… ya sabe...
─Y por albóndiga estás aquí. Como la gorda se te adelantaba, empeñaste tu arma para que te guardaran las bolas de carne. No contaste con que ella se enteraría; además, sabía que resolviste el asesinato de su esposo, pero al perder tu tercer ojo, no la reconociste, miraste su cuerpo y no viste a la chica que había enviudado dos años antes, cuando aquella mujer le cortó la nuez de adán, a su esposo Adán. Porque vino conmigo la mataste. Porque te delató y te ganó las… ya sabes...
─Mi arma estaba empeñada, no fui, por más que se comiera mis… Fue usted. ¡La mató! Me incriminó porque me sabe mejor.
─Cuando me dijo lo que hiciste con el arma, reí. No eres bueno si pones tu oficio por debajo. Fui por tu arma y encontré un cadáver.
─¡Ya!, ¡lo tengo! Hace un año que la víctima frecuentaba la cafetería. Recuerdo. Engordó para camuflarse. Sabía mi debilidad. Se propuso ganarme las albóndigas porque intuía mi error y cuando lo cometí, vino aquí. Usted iría allá y la hallaría muerta. Fue una trampa. Preparada por la vendedora. La mamá de Adán. Lo sé por la cara de mosquita muerta con la que me atendía, igual a la del hijo. La había investigado antes. Ahora entiendo que odiaba a su nuera y la usó para usarme.
─La vendedora murió. Infarto. Y con la parafina no se captó pólvora en sus manos.
─Porque era una bruja, eso explica que haya volado al hospital.