Las veces que prescindiste de tu pasatiempo por una labor, los instantes que reíste sin obligación, el placer que sentiste mirando una comedia o leyendo una tragedia o criticando un nuevo paradigma, ya no son distintos en la presentación que del mundo tienes cada mañana cuando lees un periódico o dejas de ignorar, accidentalmente, la estación de radio en casa, el metro o autobús, que sólo exhibe la parte del problema que nadie quiere oír y termina contándote una historia que con los días te parece repetida. No obstante, que no mires al cielo no quiere decir que éste se haya ido, del mismo modo que, cómplice, actúas hacia lo que sientes.
Simplemente, hiciste lo que pudiste para encontrar la manera de salirte con la tuya; los paradigmas, los ideales, incluso las formas, no son más que insustanciales piezas que puedes ajustar a tu antojo y dotar de la relevancia que te dé por darles. No tienes idea de cuánto cabe en tus capacidades hasta que sales del lugar de confort; las piezas insulsas se vuelven entonces una distracción, una atracción que miras como un juego de rompecabezas que ahora ves como el cielo al que anhelas mirar cuando son sólo nubes en las que, en realidad, te has obscurecido.