ººº La otra orilla ººº

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Desde su rancho, cercano a la orilla, Juan José miraba con gusto y cierta envidia los veleros quietos sobre el mar o desplazándose en prácticas y competencias.
En las temporadas de competencias, muchos veleros se reunían entre las dos orillas, llegando casi a la suya. En la otra orilla, con habitantes de mayor poder económico, el bullicio y la aglomeración de gente era insoportable, pero había también cosas gratas como aquella flaquita, de largos cabellos ensortijados que vendía empanaditas. Sólo coincidían en temporadas altas, cuando él rodaba por el otro lado con su lona de bisutería.Los turistas siempre compraban algo, especialmente las mujeres.
Juan José, adolescente, usaba aquel dinero para ayudar en su casa y comprar nueva mercancía, pero sobrevivía pegado a un sueño. Montarse en un velero. Uno de los visitantes le había permitido realizarlo con un largo paseo en su velero. A partir de entonces, el sueño subió de tono y la expectativa era tener su propio velero.
Cada vez que avistaba el velero del Señó Inacio, los pies de Juan José sacaban alas y perdía el apetito. Lo suyo, entonces, era llegar a la otra orilla y ponerse a la orden del anciano.
Residente de la zona, Ignacio Salvatierra, había visto irse a sus hijos buscando otros rumbos y a su mujer rumbo al cielo. Enamorado del mar y de su ranchito, convertido en casa y luego en caserón con su constancia y trabajo, se negaba a mudarse definitivamente para la Capital con sus hijos, quienes no habían heredado aquel apego suyo al morder de la brisa sobre la piel y al saborear las gotas saladas que humedecían los labios, cuando las olas chocaban contra Salvatierra, el velero. Cumplía con visitarlos, pero en las temporadas de velerismo, su punto fijo era allí.
- Hola muchacho. ¿Cómo estamos hoy?
- Fino, señó Ignacio. ¿Va a veliá?
- Mañana temprano. ¿Me acompañas?
Los ojos del muchacho se encendieron de entusiasmo. El anciano leyó la respuesta antes de que respondiera.
- Te puedes quedar en casa, para salir más temprano. - Vio la nube en el rostro juvenil y ofreció- Puedes llamar por teléfono. Te pago el día. Necesito ayuda mañana.
- No tiene que pagame na.
- Trabajo sin paga no es trabajo, es favor.
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Un año después Juan José recibía a Salvatierra como propietario, por voluntad del difunto señor Ignacio. Sobre Salvatierra, escribió Señó Inacio.
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Esta es mi primera presentación para el Concurso de Fotocuento. Me llamó la fotografía y aquí estoy respndiendo al llamado. Gracias por tan buena modalidad de incentivar la creatividad.
Amigos de Steemit, si desean participar, aquí les dejo los datos necesarios, tienen hasta el sábado para enviar sus cuentos. Ánimo y suerte.
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MUCHAS GRACIAS POR LEERME Y HASTA LA PRÓXIMA PUBLICACIÓN