Desde niño me acostumbré a estar rodeado de campo de pura vegetación, de esa quietud de la sabana como todo un campesino.
A pesar de ya haber crecido y de estar adaptado al afán de la capital del país por relaciones laborales y educativas, aún aprovecho un mínimo de tiempo que tenga para visitar la hacienda de mi tío y sentirme como en casa, como si fuera niño otra vez, es un lugar mágico donde las preocupaciones y estrés desaparecen.
Cortesía: José Idemaro, Portuguesa, Venezuela, agosto 2018.
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