Se cumplen en este año (24 de mayo de 1896) 130 de la muerte de José Asunción Silva, el gran poeta colombiano, precursor del Modernismo hispanoamericano, a quien Rubén Darío reconoció como un adelantado.
Fue una persona de una vida intensa y dura, con una muerte trágica autoinfligida. No me detendré en los aspectos de su biografía, pues ya existen suficientes documentos que hablan de ella (dejaré algunos en las Referencias).
Ahora, solamente reproduciré uno de sus poemas de mayor relevancia y uno de los que más me gustan, tan propio de su tendencia indudablemente romántica, en el mejor sentido histórico-cultural y emotivo, en el cual queda evidenciado no solamente ese carácter, sino, lo que resalto, el carácter musical y rítmico. Me refiero a su “Nocturno”, por excelencia. Lo reproduzco a continuación.
Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
una noche,
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda, muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra,
fina y lánguida,
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectadas,
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban
y eran una
y eran una
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!
¡Y eran una sola sombra larga!Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida,
y el chillido
de las ranas...
Sentí frío; ¡era el frío que tenían en tu alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil,
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...
Existen muchas interpretaciones de este poema de José Asunción Silva, pues es un texto que no puede ignorarse en la historia de la poesía hispanoamericana. Solamente acotaré mi placer al leerlo, acto en el que se hace en mí esa sonoridad rítmica que “canta” al amor, la melancolía, la muerte y la trascendencia. Se podrá notar su aspecto audaz en el uso de versos polimétricos, algunos de extensión no usados para el momento, pero siempre logrando una musicalidad insoslayable.
Después de Novalis, en sus Himnos a la Noche, no había experimentado una emoción poética tan magistralmente lograda acerca de la noche y, además, sobre la amada.
Y hasta aquí llega, por esta vez, mi honra al poeta José Asunción Silva.
Referencias:
https://es.wikisource.org/wiki/Autor:Jos%C3%A9_Asunci%C3%B3n_Silva
https://es.wikisource.org/wiki/Nocturno_(Silva)
https://www.instagram.com/reels/C8wre9-u6MX/
