El gran poeta popular venezolano (y seguramente uno de los más altos en su estirpe en Hispanoamérica), Andrés Eloy Blanco, murió en un accidente automovilístico el 21 de mayo de 1955. Para recordar a Andrés Eloy, como le decimos en Cumaná (y quizás en Venezuela), ideé esta microficción, hecha con mucho respeto a la figura del escritor y político.
Mi Cumaná estaba allí, cuando podía mirar por las rejas de aquella cárcel de Puerto Cabello. Era el mar, siempre libre, indomable, como el de mi golfo de Cariaco, con sus azules salmeronianos, de "aquella cumbre tan lejana", cantó el estigmatizado poeta.
Ahora otro encierro, el del exilio, aunque sea en mi querido México. No podía dormir pensando siempre en mi ciudad marinera, aunque algo de tranquilidad me la brinda Lilina y mis hijos. Mas mi conciencia y mi alma palpitan como mi dolido corazón. ¿Cómo entender que pudieran derrocar como presidente a uno de los más lúcidos hombres de nuestro tiempo en mi país, nada más y nada menos, como diríamos los cumaneses, que al autor de Doña Bárbara? ¿Qué barbarie irredenta es esta? ¿Podremos retroceder más?
Lilina me pide que me calme, pues ve que algo me intranquiliza. Pero sigue mi inconsolable pensamiento. Quise hacer una poesía que expresara mis alegrías, inquietudes, nostalgias, temores, aun sabiendo que mi obra podía ser marcada y rechazada por mi militancia política… Algo ha quedado y seguirá. Me dicen que por ahí siguen sonando "Los angelitos negros"…
Entregué mi vida a lo que siempre defendí, la libertad que en sociedad se llama democracia. Quizás no puedan valorar después lo que significó lograr que todos, sin distinción, mujeres y hombres, mayores de edad, pudieran votar para elegir. Duele pensar que no se aprecie, y que volvamos atrás, a las conductas autoritarias que creíamos superadas. Perdonen la insistencia.
Necesito respirar el aire de afuera. Saldré a caminar mañana por las calles de Ciudad de México.