Fui desnudando su cuerpo buscando encontrar el alma que se agita en cada labio que besa mi boca, fui descubriendo los secretos que ocultan los contornos de su cuerpo de mujer y me perdí entre los encantos que las manos fueron desnudando.
Viajé al centro del pecado en alas del éxtasis de sus deseos, entre sábanas que fueron perdiendo su lugar y tersura, al ritmo del frenesí que fue invadiendo la piel con las caricias.
Fui intentando pescar una razón para comprender los delirios donde se multiplican los sueños, donde nacen los sentimientos, y al contacto de su epidermis, con la fragancia de su cabello, fui tomando cada rincón de su anatomía, alucinógena visión que dejan las montañas de sus pechos, los pezones enhiestos, el pubis que explota al contacto del recorrido haciendo erupción en el sexo, que cual potro bravío, desencadena su furia hambriento.
Fui explorando su cintura y estrechándola al conjuro de la química que magnetiza el ansias que se comparte, y su lengua traviesa hizo perder la noción de lo que descubría, haciendo de la noche solo un segundo, de la fiebre un estado continuo y de la pasión una locura.
Fui creyendo que la carne era el principio del viaje hacia el mundo insólito del amor, hacia ríos de sentimientos que afloran en lo más profundo del corazón y me encontré entre un torbellino de elementos desconocidos que fueron haciendo de la tierra un transito efímero y de la eternidad una muerte de horas entre la magia de los suspiros.
Fui dejándome llevar por la bipolaridad de mis iones que se fueron mezclando entre líquidos corporales con el influjo de sus orgasmos y cabalgué al fondo del abismo donde las uñas fueron haciendo caminos en mi espalda, donde los dientes fueron comiendo como fruta la extensión de mi cuello, donde nuestras bocas acallaron los ruidos de la tempestad que agitaba nuestros tórax y más allá del acto o de sus consecuencias, nos olvidamos que existe un planeta con sus normas o que hay palabras que no entienden de silencios.
Fui buscando descifrar donde se encuentran las almas que no conocen esperanzas y simplemente fui pasajero de un barco que no conoce de naufragios, que se construyó de temores y que al vaivén de los años fue quedando solo con su carga.
Fui intentando hacer del momento solo una efímera sensación de ternura, solo una estación de vagones que viajan sin rumbo hacia lo desconocido, llevando afectividades que se erosionan con los días y me conseguí en medio de la ciudad desnuda con un cuerpo con alma que buscaba alma para su cuerpo, que moría sin haber vivido y que al margen de sus dudas traficaba con la más simple de sus dotes, su alegría.
Fui desnudando su cuerpo en la habitación de un motel sin nombres ni apellidos y se fueron haciendo estrellas las noches oscuras, soles los días nublados, risas los dolores que nos agobiaban y nos encontramos en medio del océano, solitarios, sorprendidos, recorridos en cuerpo y alma por la mano invisible del destino.