Pues sí, señores y señoras: que yo soy y seré siempre partidario de todos los derechos, fundamentales, fundamentados y por fundamentar que se basen en conceptos como la libertad, la igualdad, la integración y todos aquellos cuantos puedan caber en pro de un mundo más variopinto, multicultural y feliz, sin importar sexo, condición o creencias religiosas.
También defiendo el buen humor y el carácter liberador de endorfinas de la broma, en prescripción de ese axioma universal que apuesta más por la risa que por el llanto, pero me defino contrario a la grosería y a la falta de respeto.
No obstante, como admirador incondicional de las Meninas Solidarias, no puedo ni quiero consentir que la falta de respeto, la gamberrada inconsecuente y la estupidez se apliquen a estos adorables elementos, que en breve serán subastados y la recaudación recogida con su venta destinada a aliviar, en la medida de lo posible, las carencias de personas verdaderamente necesitadas.
En ese sentido, ayer, continué mi búsqueda de las Meninas por el Centro de Madrid y vi ésta que les presento aquí, situada en la conocida calle de Preciados, mirando hacia El Corte Inglés y el resto de tiendas que se extienden hasta la Plaza de Callao, dándole la espalda a la Sede de la Comunidad de Madrid y al famoso reloj, cuyas campanadas en Nochevieja señalarán el Año Nuevo –gesto que me recuerda que las Meninas, como Peter Pan, se niegan a crecer- no puedo por menos que hacerme eco de cierto estribillo de una conocida canción del cantante José Manuel Soto y decir aquello de: a las Meninas, que no me las toquen.
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