No hace mucho, volviendo a revisar viejos archivos, encontré una referencia a cierta tumba egipcia, en cuyas pinturas murales se hacía referencia al viaje del difunto hacia el Amenti, lugar de residencia de las almas de los antepasados, que recibían también la consideración de Señores del Oeste.
Naturalmente, en mi alma de peregrino, volvió a despertarse la emoción del Camino de Santiago y el rumbo hacia el Oeste, siguiendo el curso de las estrellas, que más allá de Compostela desemboca en Finisterre, en el tradicional Fin del Mundo, donde incluso el Sol paga tributo en las Horas que transcurre en el Anduat o Inframundo.
Y recordando los barcos solares con los que eran enterrados los antiguos faraones, recordé también, no sin cierta emoción, las bravías aguas de la Costa de la Muerte y las frágiles embarcaciones pesqueras, cuyos intrépidos marinos, cual el barquero Caronte, parecen navegar siempre alrededor de los abismos insondables del Hades.
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