En apariencia, no hay nada inquietante en esa Plaza Mayor de Madrid, convertida en centro de atracción de un turismo entusiasmado, quizás no tanto por la belleza de su singular arquitectura renacentista como por el variado reclamo de su ambiente festivo y sus excelentes establecimientos de restauración.
Es por ello y también porque vivimos en un mundo ampliamente desconectado de las historias y creencias que fueron el caldo de cultivo de las supersticiones de nuestros antepasados durante incontables generaciones, que se ignoren las escabrosas historias que se ocultan detrás.
Unas historias, que se remontan a esos tiempos bárbaros, en los que los intimidatorios Autos de Fe y las ejecuciones patibularias venían a ser el remedio más eficaz para calmar la sed de espectáculos sanguinos del pueblo, más o menos lo que hoy día continúan siendo esos deportes de atracción de masas, como el fútbol o el baloncesto o esas cada vez más atacadas corridas de toros, que durante milenios alimentaron el espíritu celtíbero que circula por los genes de todo español.
Tiempos, en los que las creencias en el Diablo, las brujas y los aparecidos justificaban la permanencia de instituciones ‘sanitarias del espíritu y las buenas costumbres’, como el Santo Oficio, popularmente conocido como la Inquisición y que las ejecuciones promovidas por sus inapelables criterios, fueran el origen de muchas leyendas, bien conocidas, al menos, por esos mayores que hoy se ven inhumanamente diezmados por esa maldición que se llama Covid-19.
Con estos precedentes, no hay por qué extrañarse, que durante siglos circulara por los mentideros de Madrid –lugares donde la fantasía popular creaba todo tipo de historias increíbles que podrían considerarse como el precedente de las modernas leyendas urbanas- la escabrosa historia de almas en pena de aquéllos ejecutados, que deambulaban por las noches entre los melancólicos soportales de la Plaza Mayor, espantando a todo aquél trasnochador que se cruzara en su camino y osara perturbar una paz que ni siquiera habían podido encontrar aún después de muertos.
Pero claro, como decía el inolvidable personaje de William Shakespeare: ser o no ser; creer o no creer, esa es la cuestión. Pero recuerda, Horacio, que hay más cosas en este mundo de lo que puede llegar a soñar tu filosofía.
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