Placenteramente asentada sobre su atalaya de roca pura, mirando con lánguida melancolía esos campos donde el girasol se prepara para tener su propia noche estrellada, como aquélla otra que marcó el preludio del fin de Vincent van Gogh, Rello ve su hidalga castellanía pasar, enclado en las arrugas de su longeva historia.
Firmes en algunos puntos, pero terriblemente desmochadas en otros, sus murallas son ese testigo inanimado de épocas que cantaron glorias caballerescas, aireando los pendones multicolores de los grandes señores del lugar.
Quizás por ello, todas y cada una de las generaciones venidas al mundo en Rello, no dudan en confiarle al forastero, que su picota o rollo jurisdiccional es de ‘yerro’; es decir, es de hierro.
Un hierro, que quizás se forjara también en ese mismo fuego que se empleaba contra las brujas de la vecina población de Barahona, donde su recuerdo todavía pervive en los hogares, al cabo de los siglos, contenidos en el baúl de los recuerdos, al lado de aquéllos otros que hacían un villano del lobo feroz.
Rello es, además, un poema de urbanismo medieval, en el que resulta fácil dejarse llevar por la ensoñación de caminar por esas metafóricas alfombras que el tiempo ha extendido, con la locuacidad del que no tiene prisa ni temor alguno frente a la caída de los granos de arena que determinan el cumpleaños de los siglos.
Mezclada con el olor agridulce de sus chimeneas, el humo de hoy continúa siendo el preludio de los humos de ayer, que recuerdan unas nieves de antaño, que posiblemente hubieran hecho las delicias de un poeta de los caminos, franco y libertino, como fue François Villon.
El ayer en Rello, pues, es como ese inexpugnable laberinto de Borges, donde el hoy el mañana continúan siendo un roto en el espacio-tiempo del Todavía.
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