¿Qué tienen en común los Reyes Magos con los Blade Runners, se preguntarán, si dejándose llevar por el título del presente post, advierten la nomenclatura de la famosa novela de anticipación –o de ciencia-ficción, si prefieren- del escritor norteamericano Phillip K. Dick, cuyo argumento el director de cine Ridley Scott, convirtió en una película de culto, protagonizada por Harrison Ford, años antes de convertirse en el mundialmente conocido Indiana Jones: ‘Blade Runner’.
Pues según sea el color del cristal con el que pretendamos enfocar el asunto, puede que piensen que nada; o pudiera darse el caso, por el contrario, que cambien de opinión, si en mis intentos de provocar su curiosidad -¡y quién sabe, si también su ira!- se dejan atraer, voluntariamente, a esos mundos tan particulares y no exentos de fascinación donde pretendo introducirlos, lugar en el que no sólo habitan los sueños del hombre, sino también su más ancestrales mitos y deseos.
Suele ocurrir, que cada vez que me dejo caer por una ciudad tan rica en historia, en arte y en tradición, como es Ávila, no puedo evitar dejarme llevar por la golosina de su basílica, dedicada a la figura de San Vicente –ya saben, aquél peculiar santo que heredó los animales totémicos del dios celta Lug, es decir, los cuervos y que era especialmente venerado por la España mozárabe del sur de la Península, que vivía bajo el gobierno musulmán- y echar un atento vistazo a dos de las muchas singularidades que tiene: la cripta, donde se encuentra la imagen románica –y bastante curiosa, por cierto- de la Soterraña y esa pequeña obra maestra del gótico peninsular, que es el Cenotafio de los Santos Mártires.
Generalmente, suelo obviar bastante las referencias al martirio de unos santos, que como suele ocurrir con sospechosa frecuencia, suelen estar partidistamente influenciadas por la política, de manera que, como se realizó en una época en la que la moda era –o estaba a punto de serlo- la de confiscar los bienes y expulsar al judío, porque era el causante de todos los males que podían aquejar al cristiano viejo –incluidos los préstamos o los arrendamientos, a los que éste, el cristiano, como ocurre hoy en día, ha sido siempre reacio a pagar y de donde posiblemente derive también aquello de la ‘buena’ o la ‘mala’ leche- centro mi atención en esa línea imaginaria de nacimiento y ocaso, o si lo prefieren, de este-oeste, que divide el frontal del referido Cenotafio, donde un Pantocrátor –o un Cristo in Maiestas, si les place más- y un ‘Mateano’ episodio de la venerable Epifanía, me producen inquietas sensaciones, de las que intentaré hacerles partícipes, aun corriendo el riesgo de que como al pobre Daniel, a mí también decidan echarme a los leones, en ese circo romano que se llama crítica.
Del Pantocrátor, me sobrecoge su aspecto: tan hiperbóreo –por no meterme llanamente en las fronteras del más puro arianismo y ofrecer la oportunidad de que alguien pueda ver la excusa perfecta para nominarme por racismo- que en cierto modo –incluida esa naturaleza suprahumana- recuerda al líder de los replicantes de la película de Scott, papel que recordarán, fuera interpretado por otro de los rubios de oro de Hollywood: el actor Rutger Hauer. Y del Mateano episodio epifánico –y recalco lo de Mateano, porque el Evangelista Mateo, por las escasas o nulas referencias que ofrece, parece más bien que se las sacó de la chistera o cuando menos, las birló a su conveniencia de alguna referencia anterior- porque no puedo evitar, aun dejándome enternecer por el candor desplegado en la obra por el anónimo artista medieval, observar a los magos durmiendo juntos –posiblemente, sea Melchor quien con un brazo fuera, sostenga la manta para que no se lo birlen los otros dos- y preguntarme si acaso ellos también, como los replicantes de Dick, sueñan con ovejas eléctricas, una vez inmersos, no en esos mundos de fantasía del espacio exterior, sino en aquéllos otros, no menos intensos y fascinantes, del espacio interior.
Espacios, tanto uno como otro, que vendrían a ser el planeta de procedencia –metafóricamente hablando- de la figura sobrenatural del ángel, que vela o desvela tan comprometida situación de auto-inducida apnea. Y recurriendo otra vez al hiperbóreo aspecto del Cristo in Maiestas y como podrán observar en la fotografía, el artista tampoco debía de tener más nociones acerca de tan misteriosos personajes, pues siguiendo los patrones del arte anterior, el románico, entre éstos, curiosamente, no se encuentra el Fusco, es decir, la figura del supuesto rey negro, Baltasar.
Las cosas de juancar347: Madrid, 20 de febrero de 2019
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