Mi marido se ha vuelto loco. El otro día me dijo que lo dejaba todo para dedicarse a escribir. Comenzó a hablar del tiempo y de la muerte. Dijo algo sobre reyes y dioses. Citó antiguas civilizaciones y varias frases en latín. Nunca lo había visto tan obsesionado con un tema. Incluso compró una vieja máquina de escribir y la instaló en la biblioteca de la casa.
Ahora no sale de allí. Por las tardes, cuando entro en la biblioteca, lo consigo frente a la máquina de escribir o hurgando entre los libros. Últimamente pasa el día en pijama. No sé qué haré con él. De noche, luego de cenar, habla sobre viejas creencias y recita poemas escandinavos. Ya no lo reconozco.
Esta tarde, al regresar del trabajo, entré en la biblioteca y lo conseguí hablando solo frente a la ventana. Al verme guardó silencio.
—¿Qué haces? —le pregunté.
Miró hacia el parque vacío de la urbanización y respondió.
—Escucho el viento. Escucho su vieja canción. El viento lo ha visto todo, cariño. Ha pasado por encima de los campos cuando la guerra termina. Ha erosionado castillos que infundían temor. Ha removido las cenizas de los libros y pueblos consumidos por el fuego. Ha secado las lágrimas de nuestros antepasados.
Volteó a verme y sonrió.
—También ha visto la nobleza de los hombres —dijo—. Ha paseado entre trovadores y músicos. Ha mecido el trigo de los campos que pintó Van Gogh. Ha escuchado la risa de los pequeños cuando juegan. Conoce todas las historias… y todos los secretos. No hay palabra que se le escape. Solo hay que saber escuchar.
Miró de nuevo hacia el parque vacío de la urbanización y guardó silencio.
A veces, tengo la sensación de que no es él quien me habla, sino ese libro que está escribiendo. Estoy comenzando a preocuparme.
Esta es mi participación para el Concurso de minicuentos en honor a J. L. Borges, organizado por #Literatos, comunidad que impulsa el ejercicio de la creación literaria en español en #Hive.
La imagen utilizada pertenece a Cristina Gottardi, fotógrafa de Unsplash.com
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