Corría el amanecer del 14 de Nisán del calendario hebreo, atrás había quedado la aurora, el momento más tenso donde el momento más frío y silencioso de la noche se hace presente justo antes del alba. En muchas casas de Jerusalén el fuego de las lámparas comienza apagarse mientras las puertas del templo sobre el monte de Sion, abre sus puertas a la ciudad para el sacrificio matutino.
Mientras las dos grandes puertas del templo son abiertas por los sacerdotes, la figura de un hombre emerge desde adentro acompañada de muchos guardias y sacerdotes, y digo figura porque está era rodeado de la luz del amanecer conque las dos grandes menorah iluminaban el santuario desde adentro.
Un hombre encadenado de manos y pies, que había sido prisionero por los guardias del templo y conducido a la casa del sumo sacerdote Anás. Donde había pasado casi toda la noche siendo torturado y injuriado. Y luego antes del amanecer estaba a las órdenes del sanedrín donde fue juzgado, sin haber quórum en un concilio de no más de 70 miembros, y sin testigos a favor ni con derecho a un abogado que le defendiese.
Este condenado con un fallo en contra delante del concilio, fue hallado culpable por fariseos y saduceos miembros todos del concilio o sanedrín de Jerusalén. Y no fue hallado culpable por haberse proclamado el Mesías de los judíos, pues los fariseos creían en la venida de un Mesías que les libertará, ni tampoco fue hallado culpable por profeta, pues los saduceos sabían que Dios les enviarías a un profeta como a Moisés. Así que hacia el amanecer del 14 de Nisán lo que hizo que el sumo sacerdote rasgará sus vestiduras en el concilio fue la declaración de que este condenado dijera de sí mismo, al proclamarse que Él era el hijo de Dios, lo cual constituía una blasfemia para el judaísmo, como está escrito en la Ley:
“El Señor nuestro Dios, el Señor uno es”