Contrario a lo que había creído, no era a través de las raídas cortinas de su cuarto de dónde provenía la incandescente luz sino que se colaba por dentro de las persianas del ventanal de su sala, el clima estaba agradable a pesar de estar en pleno invierno.
—Como terminé aquí?, se preguntó Frank mientras de un ¿salto?, se incorporaba del viejo sofá donde antaño solía hacer sus siestas. —El sonambulismo debe el nuevo efecto secundario del Erlotinib, pensó como única explicación.
Por raro que pareciese hoy no le apetecía revolcarse en los estertores de su tragedia, ni siquiera se molestó en subir a su lúgubre habitación, esa donde el pesado olor a rancio, la humedad y la muy escaza luz lo hacía sentirse en su infierno personal. Además, tampoco vestía su maloliente pijama, ¿Edna lo había vestido mientras dormía?, por lo que no tenía sentido subir la empinada cuesta de quince escalones.
Hoy por el contrario, no solo disfrutó la luz que tenía frente a sí, sino incluso se permitió formar parte de ella, se sintió pleno, a gusto, con una suave sensación de bienestar que recorrió todo su cuerpo y que le hizo olvidar su terrible enfermedad.
—Edna!, me voy. Gritó Frank saliendo de su casa con destino a la tienda de abarrotes que había fundado hace 10 años a unas pocas cuadras de su casa. Antes de desayunar prefería darse una vuelta por el local, estar una o dos horas conversando con Ramón su administrador, para luego regresar y comenzar su rutina de aseo diario. A pesar de que hoy se sentía muy distinto prefirió mantener alguna de sus viejas mañas.
Desde que comenzaron a aparecer los primeros síntomas del cáncer de pulmón que padecía, Frank decidió cambiar los calientes huevos revueltos, el tocino, el pan tostado y el café que diariamente le preparaba su mujer, por una bebida cola y cualquier empacado que tuviese en su tienda, le desagradaba escuchar las reprimendas de su esposa sobre el origen de sus males, los constantes recordatorios de sus desvelos por atenderlo y de lo agradecidos que debían estar con Ramón, ya que sin su ayuda la tienda hubiese quebrado hace mucho tiempo.
—¡Vaya si está distinto el día, pude escaparme de la vieja parlanchina sin que se diera cuenta, mejor me apuro, no vaya a ser que la doña se dé cuenta de mi salida y quiera quitarme mis amados Marlboros. Reflexionaba Frank mientras introdujo la mano en el bolsillo de su camisa, solo para darse cuenta que no estaban allí, —¡diablos!, exclamó. —un clavo menos para mí urna.
Mientras caminaba aun paso demasiado ágil y rápido, como tenía mucho años que no podía hacerlo, no por lo menos si sufrir un terrible ataque tos, Frank iba pensando que en aprovechar sus renovados bríos para poner a Ramón en su puesto, —taimado latino, seguro que me quieres quitar la tienda y mi mujer. Bueno llevándote a Edna me haces un favor je je je.
A pesar de la nevada de la noche anterior y a la ola de frio que azotaba la ciudad, Frank se sentía tan bien que no percibía el frio a pesar de no llevar abrigo, respiraba profunda y constantemente, no porque se estuviese cansando, cosa que le ocurría muy a menudo cuando ejercitaba su obesa y enferma humanidad, sino porque por una razón desconocida, sentía como el viento llenaba sus pulmones y le generaba a su alma una paz y tranquilidad que no sentía desde hace muchísimo tiempo.
Ya en la puerta de su negocio no pudo contener su temperamental carácter y pateando y golpeando fuertemente la puerta gritó: —mejicano de mierda, he regresado mueve ese culo!; ¡abre la tienda!, no te pago para vivas la gran vida a mis expensas sin generarme dinero!, hasta hoy trabajas aquí.
No se molestó ni quiera en intentar abrir la puerta de la tienda, primero porque sabía que no había traído las llaves y luego porque sabía que él solo no podría atender la tienda, necesitaba de sus vendedoras y trabajadores, además no vería a María la esposa de Ramón y cuya ausencia era la causa principal de su rabia.
—Ahora tendré que aguantar la cháchara de Edna si quiero comer, se decía para sí mientras giraba con destino a su casa.
Durante el camino de regreso, se puso a reflexionar sobre el cambio que estaba experimentando, no solo su cuerpo sino también su estado de ánimo, le costaba entender cómo era posible que después de haber vivido una de las noches más dolorosas de los últimos tiempos y de apenas poder dormir, se sintiera tan rejuvenecido en la mañana, casi como otro hombre, como si estuviese… ¿sano?
Había pasado toda la noche rezando y pidiéndole al señor por su salud, tal como le había enseñado el padre John, quien junto a Edna y Ramón eran las únicas tres personas que le habían acompañado desde que comenzó a enfermar y aunque nunca creyó en dichos rezos, después de haberse sentido tan cerca de la muerte, definitivamente un milagro divino era la única explicación que le hallaba a su nueva situación.
—El señor me ha escuchado-, se decía.
—¿Será por el tiempo que llevo sin ir al bar?, ¡será porque ya no frecuento a María?. María, María, María de mi vida, esos pechos, esos labios, esos muslos, ese hermoso culo, ¿cómo podría vivir sin ellos?, ¿Cómo olvidar el placer que me provoca mirar a la cara al cabrón de Ramón mientras me acuerdo de tus dulces caricias?, ¡mujer cuanto me gustas!. Murmuró Frank mientras ya casi llegaba a su casa.
Al entrar a su casa, como era costumbre gritó a su mujer:
—¡Vejestorio, llegó el rey de la casa!, ¡demando tu atención!, ¡Ednaaaaaa, sal de donde te encuentres!.
Sin embargo no obtuvo ninguna respuesta, la mujer no salió corriendo a su encuentro como solía hacerlo.
—Qué día tan raro, pensó.
En ese momento comenzó en su mente a generarse una angustiante preocupación, producto de lo que ahora comenzaba a entender, la tienda cerrada, Ramón no está en su puesto, Edna siempre tan pendiente del mejicano cabrón…
—Maldición a mí nadie me ve la cara de imbécil!
De tres en tres trepó las escaleras que lo separaba de su habitación, con los ojos encendidos en rabia y presto acabar con quien se cruzase en su camino.
—Desgraciado me las pagarás!, se repetía una y otra vez, al tiempo que llegaba a su cuarto donde aún guardaba el viejo revólver, ya se enterarían quien era, —¡a mí nadie me jode infelices.
Al cruzar el umbral de su habitación se le ofreció un espectáculo que lo dejó inmóvil, frío y con los ojos desorbitados, se le hizo un nudo en la garganta y se le revolvió el estómago de una forma tan fuerte que le sobrevinieron arcadas.
Frente a si, al lado izquierdo de su cama, justo al lado de la mesita de noche donde guarda sus medicinas se encontraban: Edna, Ramón y el padre John sentados con actitud triste y vacía. El cuerpo inerte de un hombre con la tez hendida, el cuerpo flácido y el horrible púrpura de la muerte bordeando la comisura de los labios, reposaba como putrefacta momia en su cama. Se acercó, sus desorbitados ojos no podían creerlo.
Como si se cerrasen unas gigantes fauces, la luz poco a poco comenzó a abandonar la habitación, lo que era cálido comenzó a ponerse frio, de un frio intenso, casi glacial y una sensación de vacío se fue llenando de lamentos, gritos y maldiciones, siniestras presencias reclamaban por su alma, de repente la noche se tragó el día de un bocado.
—Resignación Edna no llores, seguro él está ahorita en un lugar mejor descansando. Dijo Ramón.
Espero haya sido de tu agrado el anterior relato, disfruto mucho escribiendo historias un poco… ¿la puedes definir en los comentarios?. Gracias por regalarme un poco de tu tiempo.
¡Nos seguimos leyendo!