En una ocasión me encontré con una mujer que conocí hace mucho, la vi un poco preocupada, así que decidí acercarme a ella y ver que le pasaba. Al comenzar a hablar me dijo: “Ya tú conoces mi historia familiar”… ¡y vaya que la conozco! Tienes dos hijas, sonrientes y de muy poco hablar, distintas entre sí y a la vez tan parecidas, esas son sus dos hijas menores, su hijo mayor se ve siempre despreocupado, es muy alto y aún más callado que sus dos hermanas; los tres son hijos de quien, me parece, fue el gran a mor de su vida, a quien perdió hace ya varios años; ella, sin dejarme decir una palabra empezó a contarme su situación, “Es mi hija menor”, me dijo. “No sé qué le sucede, ella es obediente, trabaja y estudia, tiene algo de mal carácter pero es una buena muchacha, tú la conoces, no sé por qué ha cambiado tanto, llega tarde a casa y no sé dónde ha estado”.
Inevitablemente sentí preocupación por esa muchacha, pues la conozco desde siempre y sé que es una niña asombrosa, pero decidí no revelar mi preocupación ante esa madre angustiada y me limite a preguntarle ¿Has hablado con ella al respecto? ¿Le has preguntado directamente donde ha estado? Ella, tal vez un poco apenada, respondió con voz baja un simple “no”. Al momento y por instinto le pregunte: ¿Qué hiciste cuando llegó tarde a casa? Y ella, aun mas apenada y, puedo asegurarlo, sin ganas de responder, dijo: “Le grite lo que había hecho mal”. ¿Y cómo crees que se sintió?, le pregunte, ella miro al piso y respondió: “no lo sé”.
En ese momento, debo admitir, no quería seguir la conversación, pero decidí dejar que me responda unas últimas preguntas, así que seguí: ¿Sabes cómo es su círculo social? ¿Le has preguntado como se sintió al perder a la mayoría de sus amigos? ¿Acaso sabes que casi siempre ella se siente sola? ¿Has tan siquiera hablado con ella sobre cómo se siente?... Y como lo esperaba, la respuesta a todas mis preguntas fue siempre negativa, pero hubo una que me marco, aun escucho su fría respuesta en mi mente. ¿Hace cuánto le diste un abrazo?, le pregunte, y ella ya con lágrimas corriendo por sus mejillas, respondió: “Ya no recuerdo”.
Sentí un millón de cosas moverse dentro de mi corazón y no tenía ganas de decir nada más pero, entre todo lo que sentí, se encontraba la compasión, y no por esa mujer, compasión hacia la hija, así que le dije: “¿No crees que sus emociones importan? Es solo una adolescente ¿Sabes lo que eso significa? Carece de conciencia, de experiencia, de madurez, su condición no le permite enfrentar la vida como lo harías tú, pero ha sido valiente, y realmente fuerte, ha sabido levantarse, tal vez tropezando, siendo torpe, tomando decisiones equivocadas, pero siempre a su manera, aun sin una palabra, sin un abrazo tuyo; puede que cada paso que de siente que la está destrozando, porque ella no quiere pelear más, no quiere seguir caminando en un campo de batalla, ella solo anhela refugiarse en tus brazos y, por un momento, sentirse plena, ella solo quiere ser escuchada y que sus palabras importen, tal vez encontró eso en otro lugar,
He escuchado a muchos padres preguntarse la razón de que sus hijos se comporten de alguna manera, he visto relaciones de padres e hijos acabar muy mal, he escuchado a jóvenes decir que lo que más anhelan es huir de sus padres… padres y madres inconformes, hijos e hijas tristes, solos, deprimidos, familias disfuncionales, y todo por una mala comunicación.
En el mundo habría menos jóvenes tristes y deprimidos si existieran más padres que sepan abrazar antes que gritar.