
Un honor estar aquí con ustedes hoy Hivers, con un lienzo algo diferente, cercano, personal.
Resulta que las rupturas, cualesquiera que sean, nunca son fáciles de llevar. Cada cual lo dibuja a su manera y lo exterioriza de la mejor manera que puede.
Las rupturas no siempre estallan. A veces se diluyen como acuarela bajo la lluvia, dejando solo manchas de lo que fué. Por eso hoy el lienzo del blog cambia de tema. Vengo a colgar aquí un cuento breve. Una historia pintada con los restos de un lienzo que se fue deteriorando entre dos tazas de café y una ventana empañada.
Es ficción, sí. Pero está hecha con los pigmentos de esa tristeza clara que todos reconocemos al ver un retrato roto. Ojalá alguna de estas pinceladas te roce algo conocido. Ojalá el relato te sirva de espejo o, simplemente, de compañía, reflexión, empatia.
Gracias por detenerte frente a este bastidor. Si al terminar te quedas con ganas de charlar, abajo te dejo un espacio para que me cuentes con qué colores pintas tú los finales.
EL PASO
Un paso, solo se necesita dar un paso, para salir o para llegar.
No recordaba haberse encontrado en una situación semejante en toda su vida. Ahí, en el suelo, en el lodo que recubría todo su cuerpo, los golpes le impedían pensar porque el dolor se estaba volviendo más y más intenso. La golpiza que había recibido no la esperaba. Lo tomaron desprevenido, y supo desde el primer momento que era mejor no defenderse. Nada se puede hacer cuando somos superados por la adversidad.
Sabía muy dentro de sí que quién lo viera en ese instante y en ese lugar, correría en sentido contrario. Y no le importaba. Hasta él estaba falto de humanidad: ¿por qué necesitar la humanidad de los demás?
En cierto modo, se avergonzaba. Todo cubierto de golpes, lodo, desnudo, lágrimas, remordimientos y dolor. Mucho dolor, infinito dolor que aun en esa situación era capaz de corromperle el alma. De pronto, todo vino claro a su mente, se sintió morir y comprendió que agonizaba: -Si solo pudiera dar un paso, pensó, y se quedó allí desplomado, mirando a las estrellas, intentando reconstruir su vida desde donde estaba. Le pidió a Dios que le diera fuerzas solo para dar un paso.
…
Amanecía. La luz de la aurora le interrumpió el sueño al darle de lleno en la cara. Las persianas de aquel apartamento permanecían abiertas a toda hora. No era su casa pero ya la sentía como suya. Llevaba ocho años de relación, y después de haber vivido aquí y allá habían decidido asentarse.
Sabía que no la quería. Y como hombre de mundo que se consideraba, ya ella había experimentado con él lo mejor y lo peor. Tenía consciente que la había amado: con toda el alma. Pero el tiempo y las circunstancias son capaces de cambiarlo todo en un instante, como por arte de magia. Simplemente decidió quedarse, aun sabiendo que no era feliz y que no era capaz de hacer feliz a nadie. Fue egoísta, y destructivo por una cuestión de comodidad, de cobardía, de miedo a lo que está por venir. Se paralizó y dejó de andar, de soñar, de crecer. Tomó la decisión de dar otro paso a lo que sería una vida llena de silencios, de orgasmos ayudados por fantasías, palabras recubiertas de agresiones y rencores, carente de perdón y comprensión. Solo callaba y esperaba. Lo veía venir, lo sentía dentro de sus huesos, la tempestad se aproximaba, y todo tendría que ver con aquel rostro que dormía apaciblemente a su lado. Después de todo confiaba ciegamente en aquella mujer. La que le había perdonado todo y continuaba allí, pero aun así no se engañaba, y supo mirándola dormida que a ella le costaba despertar. Sintió rabia al verla así tan apacible y un pensamiento maligno inundó todo su cuerpo. Casi podía sentirse un arma de destrucción masiva, pero la conciencia corrió en ayuda de la razón. Solo sintió que su brazo, antes portador de calamidades, se deslizó hasta la cintura de quien estaba a su lado. Se ancló a ese cuerpo, a esa vida, y como un niño se quedó dormido.
Soñaba, el sueño de aquellos que saben que le arrebatan el alma. Escuchó una canción que era portadora de apacible calma. Sintió una mano que le rozaba el pecho y buscaba. Comenzó a sentirse incomodo, no le gustaba aquellas manos, su roce, ni lo que buscaban. Miró a su lado. Allí estaba ella, mirándolo fijamente. Quiso hablarle pero ella, como enviada del infierno, se transformó en otra cosa, algo que él no conocía. Se quedó estupefacto, ¿de dónde había salido aquella mujer? No tenía nada que ver con la persona que momentos antes él había abrazado. Sabía que soñaba, y aun así no pudo evitar sentir que todo se desmoronaba a su alrededor, de victimario a víctima. Aquellas manos eran portadoras de muerte, lo acorralaban y ofendían, lo violaban y golpeaban, lo abofeteaban y mordían. Luchó, luchó con todas sus fuerzas para separarse, pero aquellas manos tenían garras. Se preguntó si podía ser capaz de despertarse y huir. Quizás se merecía aquella pesadilla, pero ya las fuerzas le faltaban, las manos, las irremediables manos entraron haciendo un crujido de muerte dentro de su pecho. El dolor era indescriptible. No se detuvieron hasta arrancarle el corazón. Creyó que se desvanecía en el universo, que dejaba de existir, que desaparecía y así lo hizo. Lo último que escuchó fue retazos de una canción…ámame como soy, quiéreme sin temor…..
…Que voy a perder la calma…..Las palabras llegaban a su oído como un susurro. Calma, precisamente era eso lo que se podía respirar a su alrededor.
Primero, tuvo la impresión que habitaba otro cuerpo, que estaba en otro mundo, un mundo paralelo, donde a él le habían usurpado, arrancado y vilipendiado su corazón. Allí no existía la vida. Los colores que conocía ya no estaban, tampoco los olores. La ausencia de todo lo horrorizó. Solo era capaz de sentir dolor. Sintió que flotaba entre la duda y la desesperación, necesitaba algo, pero ¿qué? Lo buscaba hasta en la locura que estaba sintiendo. Miró a todos lados y solo pudo percibir oscuridad, silencio, temor, horror. Estaba inerte, gélido, confundido, y sin embargo buscaba.
Casi al alcance de su mano había un objeto junto a él, pequeño, diminuto, casi insignificante. Si no estuviera buscando no lo habría visto, pero el brillo de aquel objeto le decía a sus entrañas que era la única salvación. Ya casi sin aliento, estiró el brazo para alcanzarlo. Sus dedos hurgaban intentando aferrarse a ese soplo de vida. Moría, y lo sabía. Un último esfuerzo, la esperanza es lo último que se pierde, decían. Nadie era capaz de saber la verdad oculta en aquellas palabras, y logró al fin tomar aquel brillo en sus manos. Para su sorpresa y alivio lo que atraparon sus dedos fue un espejo. En un esfuerzo sobrehumano lo llevo a su cara y contempló, por primera vez en mucho tiempo, lo que del otro lado proyectaba. Se encontró.
Perdido entre las sombras del destino, se aferraba a aquel objeto como si en ello le fuera la vida. Las lágrimas surcaban su rostro y caían a sus pies, como cascada. Se reconoció como un hombre desgraciado, sin alma, sin amor, traicionado, incapaz de dar un paso, un simple paso, tirado allí donde nadie le veía, gritando a viva voz. Era su vida o su muerte. El dolor, agudísimo dolor, le impedía dar un paso, pero a través del murmullo del silencio putrefacto de la angustia, un susurro casi imperceptible de tambor le hizo girar la cabeza, por su lado, iba pasando un corazón.
…
Cuando volvió en sí, estaba de rodillas, ensangrentado, gritaba, se revolcaba en el lodo, lo intentaba: - Un paso, Dios mío, solo un paso, necesito recuperar mi corazón.
PARA CURIOSOS: El cuadro de portada se llama Separación de Edvard Munch. En la imagen, un hombre vestido de negro (el color del luto y la desesperación) se lleva una mano ensangrentada al pecho, mientras la mujer, de blanco, mira al mar con su largo cabello flotando hacia él, sugiriendo que aún están unidos a pesar de que ella lo está dejando. Este juego de colores refleja un corazón que sangra, un amor que se desgarra.
La foto y referencia al cuadro fué tomada de wikipedia.
https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Edvard_Munch_-Separation-_Google_Art_Project.jpg
El cuento o microrelato( como quieran llamarlo)es de mi autoría.