Siento un ardor en el estómago mientras observo el vaso a la mitad de whisky sobre la mesa. Me recuerda lo mucho que le molestaba a Lucía que llegara a casa con aliento a alcohol. La verdad, le molestaban muchas cosas. Hasta hace poco parecía que le molestaban hasta mi respiración y existencia. Todos los días me tomaba un trago para relajarme de los gritos y regaños de la mañana, sólo para llegar a recibir los regaños y gritos de la noche. Al menos estos los recibía con la conciencia aturdida.
Esta noche es diferente. Me serví un trago en casa, en vez de comprarlo en algún bar de mala muerte camino a casa. Pero no lo pude terminar. A pesar de que ese día los gritos de la mañana habían sido más pesados que de costumbre, no me sentía tan estresado por ellos. La verdad, sólo quería dormir.
Abrí la puerta de la habitación y en ella reinaba la oscuridad. Sin embargo, yo sabía a la perfección que ella estaba allí. Aguardando mi entrada. Analizando cada movimiento, cada posible error. Por mi parte, sólo quería descansar con la cara enterrada entre sus cabellos, oliendo su dulce aroma de lavanda.
Esta noche, me conformo con el olor de su cabello en la almohada. No me queda de otra. Ya su cuerpo comienza a apestar.
Kimberly Barreto, 2018