Fue un salto al vacío, uno de esos momentos eternos tan capaces de romper sonrisas, de romper sueños. Una sensación absoluta de derrota. Un instante que simplemente detiene el tiempo… Y joder, vaya secuencia de momentos.
Pero esta historia empezó antes, mucho antes dentro de la falsa percepción lineal de nuestro universo. En otro punto de inflexión, aunque infinitamente más pequeño.
Tras caminar durante años por los caminos etéreos, saltando de sendero en sendero, descubriendo los colores de un mundo alejado de lo pétreo, llegó sin avisar el horizonte de sucesos. Lo que antes a veces incluso quemaba, ahora se apagaba.
La primavera llevó al verano y de ese verano nació aquel otoño. El otoño no podía más que llevarnos a su correspondiente invierno. Y ese invierno cruzó su ecuador en el mismo momento que la luna se apagó, aún no sé si el tiempo se paró o tan sólo se esfumó.
Hasta aquel momento había sido la luna la que daba su luz en un mundo de pronto gris con su locura. Lunática calidez que casi no se puede describir. Al igual que los faros guían a navegantes perdidos, sacándolos de la oscuridad de la densa niebla y de los falsos abismos, guiaba pasos, casi marcando un destino.
Pero las alas de pronto se volvieron pesadas, empapadas en su propia inconsistencia. Aunque quería volar, ahora también había cadenas. El viajero perdido, aquel que parecía haber olvidado cómo se leen las estrellas, pudo haber acertado al dejarse llevar en sus pasos hasta entonces torpes y sin sentido.
Así, incluso por un momento, vio ante sí un posible camino. Hasta la primavera mostró visos de llegar. Pero de pronto todo se mostró como un simple espejismo.
Aquellos colores nunca alcanzarían su luz. Aquel viajero aún debía de arrastrar su propia condena. Otra historia de corazones rotos, tantas veces repetido…
- Este texto forma parte de "Los Caminos Etéreos", al que también pertenecen: