Puedes leer la parte anterior de esta historia aquí: (tercera parte)
No podía creer esa parte de su historia. Era evidente para mí lo trastornado que lucía aquel hombre viejo y paranoico, así que no podía interpretar como cierta cada una de sus palabras.
Me volví un poco escéptico al continuar la entrevista, pero la historia del naufragio del Ashika distaba de ser un evento común, a medida que el señor Tanaka avanzaba, se tornaba más fantástica.
—Lo que voy a contarle ahora, le parecerán pura patrañas señor Keller, pero le aseguro que los hechos ocurrieron tal cual se los comentaré —me dijo con seriedad y algo ansioso.
—Debe entender que hablar de montañas en medio del mar, habitadas por monstruos, no es precisamente el tipo de relatos que sean fáciles de creer —le expliqué.
El hombre asintió con la cabeza. Podía ver en sus ojos un dejo de decepción ante mi opinión, pero a la vez notaba en él la resolución a contar su versión de lo ocurrido. Miró a su esposa quien entraba a la habitación con unas mantas de lana. Intercambiaron unas palabras en japonés de las que solo entendí la expresión “mucho frío”.
—Mi esposa Fumiko quiere que se ponga esto sobre sus hombros, el frío es intenso esta noche, y la historia será larga señor Keller.
—En los ojos de Fumiko pude notar una dulzura peculiar, propia de una mujer que ha sabido ser buena esposa. Tanaka la trataba con especial cariño. Para mi no era la relación de una mujer que cuida a un hombre que ha enloquecido. Ciertamente la casa era muy extraña por dentro, y los cuidados extremos que el japonés se tomaba para con los visitantes lo hacían parecer un demente. A pesar de todo, estaba dispuesto a escuchar lo que tuviera que decirme, y pronto entendí que su relato no tenía nada de fantasioso; era una utopía hecha realidad, una que para Tanaka se convirtió en pesadilla.
—En el mar de Akane, los pescadores solemos asomarnos por la borda al llegar a un sitio de pesca. Nos gusta ver los coletazos de los grandes bancos de peces que chapotean en la superficie del agua. Pero al llegar al área de las tres montañas, ninguno de los marineros experimentados quería siquiera estar en cubierta.
—¿A qué le temían? —pregunté intrigado.
—En ese momento no tenía idea, era solo un novato, impresionado por las gigantescas rocas que estaban ante el barco. Hiro estaba a mi lado, recostado de las barandas de estribor. Contemplábamos, siluetas que parecían leones marinos, ascender por las laderas casi verticales de las rocas. Algunas nadaban sumergidas bajo el casco del Ashika, podíamos ver sus sombras, pero no distinguíamos detalles.
—Entonces, ¿los habitantes de las tres montañas eran leones marinos?
—Dije que parecían leones marinos, no que lo fueran —aclaró sin vacilar el japonés.
—¿Qué eran entonces?
—El capitán se asomó por el balcón del puente, con un rifle cargado en la mano. Cuando vio que su sobrino Hiro y yo estábamos embelesados, mirando a aquellas criaturas muy cerca del borde, nos gritó furioso que nos apartáramos. Bajamos de nuevo a la cocina, allí nos explicaron mejor a lo que nos enfrentábamos.
Me cobijé con las mantas que trajo la esposa, mientras Tanaka continuaba con su narración.
—El cocinero nos contó de antiguos relatos de otros navegantes que aseguran que las criaturas que vimos suelen ponerse agresivas, que pueden saltar hasta las barandas y herir a los marineros desprevenidos que se encuentren allí. Por esa razón el capitán usa un rifle. Son criaturas que necesitan el calor para no aletargarse, por eso se posan en las rocas de las montañas, pero durante la noche descienden a las profundidades, en la base de la roca, donde hay corrientes termales y su alimento favorito. Así que esperaríamos hasta que la luna estuviera en su punto más alto para bajar las jaulas de pesca.
—¿Así que el capitán procuraba hacerse rico llenando la bodega de pesca con esta extraña criatura? —pregunté creyendo entender a donde iba todo el embrollo.
—Eso pensé yo en su momento —señaló Tanaka— pero pescar a esas criaturas no era tarea fácil, son criaturas inteligentes como usted o yo. No podían hablar, pero se comunicaban entre sí con sonidos agudos y chasquidos. Su piel era gruesa y tersa, no poseían escamas, tampoco pelaje, su piel se parecía más a un caucho suave de color oscuro. Tenían aletas que parecían brazos y algo como dedos en las puntas. Jamás había visto algo así en toda mi vida. Ningún pez se parece a eso. Era una especie de humano convertido en monstruo marino.
Me detuve y dejé de escribir al escuchar esta última declaración. Por un momento me cuestioné si valía la pena seguir escuchando aquel relato extraordinario. Sobre todo, porque las descripciones de Tanaka se parecían mucho a los cuentos legendarios de muchos navegantes que aseguraban haber tenido encuentros similares en alta mar. Con mucho valor le pregunté:
—¿Estaban pescando sirenas?
—¿Sirenas? —repitió extrañado el señor Tanaka.
—Sí, sirenas, ya sabe, mujeres hermosas desnudas de la cintura para arriba con cola de pez, que habitan en ciertas regiones perdidas del océano. Que cantan y adormecen a los marineros para luego devorarlos.
Tanaka me miró con lástima, como si mi ignorancia mereciera la consideración dada a un pobre analfabeta. Confieso que me hizo sentir incómodo.
¡Sirenas! ¡Bah! —espetó secamente— aquellas cosas no eran para nada hermosas señor Keller, no cantaban canciones seductoras… Pero en algo sí pueden compararse a sus cuentos de marinos, en que serían la perdición del Ashika y de todos sus tripulantes.
—Pido disculpas si lo ofendí señor Tanaka, es que yo creí…
—Permítame seguir contando lo que ocurrió aquella noche —dijo el hombre haciendo caso omiso a mi imprudente comentario— A Hiro y a mí nos pidieron que ayudáramos a los demás hombres a preparar las jaulas para la pesca. Eran jaulas con un diseño diferente, estas eran como láminas planas que se arrojaban al mar, y luego, cuando la criatura accionaba la carnada, se activaban y se cerraban como cajas.
—¿Qué usaban de carnada?
—Nada en particular, cualquier objeto pequeño que pudiera llevar un marinero sobre sí.
—¿A que se refiere? —pregunté confundido.
—A cualquier cosa que llame la atención: un broche, un lápiz, un zapato; algo para atraer a la criatura —explicó Tanaka y agregó— Esa primera noche bajamos ciento cincuenta jaulas al fondo marino, pero no tuvimos el éxito que el capitán esperaba. Solo capturamos a tres de ellas.
—Y exactamente ¿qué parte de la criatura era aprovechable para el consumo?
—Ninguna, su carne no era lo que buscábamos, sino el contenido de su estómago. Los hombres arponeaban a la criatura sin sacarla de la jaula, luego le hacían un corte en su abdomen para sacarle las vísceras. Las criaturas gritaban asustadas, las dos primeras que mataron eran algo pequeñas en comparación con la tercera. Esta tenía un aire de humanidad en su rostro, no había forma de saber su sexo, pero estoy seguro de que esta era mujer. Me miró como suplicando piedad, no intentaba defenderse, solo se acurrucaba en el fondo de su jaula. El capitán decidió no matarla en ese momento, la usaría como señuelo para la pesca de la siguiente noche. Hizo que Hiro y yo la cuidáramos de no enfriarse, pero debíamos tener mucho cuidado de no dejarnos punzar por una espina que llevaban oculta bajo las aletas; decían que era una espina impregnada de una especie de veneno.
—¿Qué había en el estómago de las otras criaturas?
Tanaka me miró fijamente un momento y respondió:
—¡Oro, señor Keller! Había oro.