Puedes leer la parte anterior de esta historia aquí: (Cuarta parte)
Por un momento pensé que pretendía tomarme el pelo. Su rostro serio y estoico le añadían un aire solemne a su declaración. Aun así no pude contener la risa.
—¡Es usted un gran bromista señor Tanaka! —le dije dejando de escribir.
No mudó su semblante en lo absoluto. Un silencio se produjo entre ambos, fue incómodo; pareciera como si el japones esperara que me retractara de lo que acababa de decir.
Me acomodé en mi silla, tomé de nuevo mi libreta, y entonces le dije simulando seriedad:
—Así que el estómago de la criatura era de oro, ¿de cuántos quilates?
Tanaka meneó la cabeza decepcionado. No estaba molesto, parecía un hombre resignado a contar una historia extraordinaria y no ser creído por nadie.
—Comprendo que no sea fácil de digerir algo tan poco usual como esto. Un hombre culto como usted, sabe que ningún ser en este planeta tiene órganos internos formados por oro. No espero que se convierta en un fiel creyente, pero si espero que escuche con mente abierta. Lo que sucedió en ese barco parece un cuento fantástico, si bien no me importa que muestre poco respeto por los detalles de mi versión de la historia, si espero que respete el hecho de que, lo que ocurrió en el Ashika, cambió mi vida para siempre.
Lo miré sin decir nada. No podía decir nada después de escuchar una petición tan sincera. Justo antes de que pensara en algún posible razonamiento que explicara lo del oro, Tanaka continuó su relato.
—El estómago de la criatura no era de oro, dije que había oro en su interior.
—¿A qué se refiere? —pregunté.
—Cuando abrieron una de las criaturas, mi primera pregunta fue cómo había llegado ese oro allí. Uno de los marineros más viejos, el que llevaba más tiempo al servicio del capitán, nos dijo a Hiro y a mí que el fondo de esas plácidas aguas estaba repleto del metal precioso; también la base de las tres montañas. Que esas criaturas roían el lecho de roca para alimentarse y tragaban buenas cantidades de oro. Cazar y matar a las criaturas era la forma más rápida y eficaz de obtenerlo, pues nadie podía dragar tan profundo en ese mar.
La explicación me pareció razonable, dadas las circunstancias del singular relato. Sabía que algunos animales podían extraer sustancias de algunos minerales para subsistir, así que no me pareció tan descabellada la idea de que aquellos extraños peces hicieran lo mismo con el oro. Lo macabro era pensar a cuantas de aquellas criaturas estaba dispuesta a exterminar la tripulación del Ashika para completar su botín.
—¿No hacían nada con la carne del pez? ¿No era comestible? —pregunté.
—Dentro del estómago encontramos pepitas del tamaño de una perla, no eran simple polvo de oro, así que pusimos poco interés en la carne. Además, nuestra bodega estaba llena, y el capitán no iba a perder tiempo ni espacio en el barco llenándolo de cadáveres.
—Me dijo que mantuvieron una de las criaturas con vida, como señuelo para atrapar a las otras —señalé al revisar mis notas en la libreta.
Tanaka mantuvo silencio por unos instantes, asentía con la cabeza, pero no decía nada, finalmente continuó su relato, pero hablando de algo diferente.
—Mi amigo Hiro, era muy ambicioso. Había escuchado las historias de estas criaturas de boca de su tío el capitán, pero por alguna razón, este se había reservado algunos detalles. Tanto Hiro como yo los aprendimos del cocinero y de otros tripulantes durante los tres días que estuvimos anclados frente a las tres montañas. Hiro solo hablaba de lo que haría con su parte del botín, su tío le conseguiría la oportunidad de comprar su propia embarcación. Pero bajo aquella fachada de codicia, se ocultaba un hombre noble. Enseguida me ofreció un puesto en su futuro barco, el de primer oficial, ¿puede usted creerlo? Los demás hombres no eran tan ingenuos como Hiro o yo. Eran unos asesinos.
Noté que su semblante cambió, se veía furioso y avergonzado, solo que su furia era la de un hombre al que le arrebataban algo personal y valioso.
—¿Por qué eran unos asesinos? ¿No estaban allí para pescar de todas formas? ¿De qué otro modo sacarían el oro del interior de esas criaturas? —inquirí tratando de entender su dilema.
—El capitán nos pidió a Hiro y a mí que cuidáramos del señuelo. La pusimos en una jaula aparte, y nos aseguramos que tuviera suficiente agua disponible. Nos advirtieron que no nos acercáramos por temor de que nos atacara, pero era evidente para nosotros que aquella criatura era diferente a las otras, era más inteligente y dócil.
—¿No les gruñía ni intentaba liberarse?
—No, me recordaba a un pequeño conejo que se queda en su jaula a la espera de lo que haga su dueño. En sus ojos podía verse algo de humanidad, era como si deseara comunicarnos algo. Pero nosotros no entendíamos su lenguaje.
—¿Intentó comunicarse con ustedes?
—Al principio no nos dimos cuenta, luego notamos que sentía mucho temor por nuestra causa, que nos suplicaba que no le hiciéramos daño. No usaba palabras como nosotros, pero sus sonidos y gestos eran bastante claros.
—¿Comentaron esto con el capitán?
—¿Qué caso tendría hacerlo? Aquel hombre solo pensaba en el oro que podía obtener. Para él solo era un feo pez que guardaba un tesoro en su interior. Los demás no pensaban de forma muy diferente.
—¿Qué pasó entonces? ¿Cuál era el plan del capitán con el señuelo?
—En ese momento no lo entendía muy bien. Esas criaturas son sociales como otros animales, pero en su caso, si capturas a uno, los demás tratarán de liberarlo. El capitán esperaba que más criaturas subieran a la superficie para rescatar a su compañera y así tener la oportunidad de una gran captura. —señaló Tanaka.
—¿Por qué no lo hizo de inmediato? ¿Por qué esperar?
—Para poder preparar suficientes jaulas y arpones señor Keller. Estos peces, según nos contó el cocinero esa noche, saben pelear, saben usar sus garras para herir, usan sus dientes para desgarrar la carne de los marineros. Son peligrosos, incluso fuera del agua, pues respiran aire como usted y como yo. Por esa razón debían ser arponeados tan pronto fueran capturados. Las leyendas contaban de tripulaciones atacadas en manadas donde nadie sobrevivió, salvo unos pocos mal heridos que fallecieron poco después de ser rescatados.
—Así que el capitán los estaba preparando para una batalla, supongo.
—Para una masacre diría yo señor Keller. En ese barco, parecía que todos tenían muy claro cómo obtener el oro y lo que implicaría, todos menos los tripulantes novatos Hiro Yagumi y Daiki Tanaka. —explicó el japones mientras buscaba algo en una bolsa que le había traído su esposa.
Ahora comenzaba a entender hacia donde se dirigía la historia, quería saber más de estas criaturas, de cómo resultó la pesca del día siguiente, de cómo el Ashika terminó en el fondo del mar. A pesar de que era pasada la media noche, mi mente estaba llena de preguntas e inquietudes que el sueño ni el frío podían vencer.
—Las horas que pasamos Hiro y yo con la criatura, fueron suficientes para convencernos de que no eran simples monstruos marinos. Aquella en particular, tenía algo especial para nosotros. Después que el cocinero nos dejara solos cuidándola, Hiro me entregó este trozo de tela donde había escrito con tinta. Me propuso que le diéramos un nombre a la hermosa bestia. Así la llamaríamos a partir de entonces —dijo dibujando una leve sonrisa en su rostro.
Me entregó un trozo de tela que sacó de la bolsa; en él estaba escrito: “Kirena”.