Puedes leer la parte anterior de esta historia aquí: (segunda parte)
Lo noté agitado al relatar esa parte de su historia. Sabía por algunos rumores que lo que le ocurrió a aquel barco fue algo fuera de lo común, pero los detalles que revelaba el señor Tanaka me parecían sumamente extraños.
—Cuando pasó la tormenta —continuó Tanaka— algunos hombres se mostraron disconformes con el capitán. Habían aceptado viajar a bordo del Ashika para pescar, no para perseguir un sueño desquiciado. El ambiente se puso tenso entre los tripulantes, pero usted sabe cómo somos los japoneses, le damos mucho valor al respeto.
—¿Quiere decir que nadie se quejó? —pregunté.
—Nadie lo hizo, pero el capitán estaba al tanto de la situación, y nos convocó a una reunión en el comedor. Recuerdo que Hiro temía que se presentara un motín, no dejaba de hablar de un mapa y unas cartas de su tío. Yo no entendía nada.
—¿Pero el capitán les explicó todo en la reunión? ¿No es así?
—¡Todos sabían lo que ocurría! Menos yo. Aquel hombre entró al comedor cargando unos viejos papeles. Nos miró detenidamente a todos, y anunció con arrogancia: “Tengo la plena certeza, y estos documentos lo demuestran, de que finalmente lo he encontrado”. Algunos de los hombres de más experiencia se molestaron de inmediato.
—¿Qué hizo el capitán entonces?
—¿Hacer? Ese hombre no tenía que hacer nada. Nadie en el Ashika se atrevería a llevarle la contraria.
Tanaka se levantó de la mesa apesadumbrado, era evidente que la conversación en aquel comedor marcó un antes y un después en su viaje. No quise interrumpirlo, respiró profundamente y continuó su relato desde un rincón de la habitación.
—El capitán dijo que los mapas eran exactos, que la tormenta sin olas figuraba en la ruta, que esa no era una misión para cobardes, que nos haríamos ricos si continuábamos adelante. En ese momento no tenía idea de lo que significaba todo aquello, pero las palabras del capitán calmaron a los demás tripulantes. Hasta Hiro me miraba y se frotaba las manos emocionado. La idea de hacerse ricos apaciguó las dudas y los temores.
—¿Por qué se harían ricos? ¿Qué pretendía capturar en su pesca el Ashika?
—Ya le dije señor Keller, que el motivo de la captura era más importante. Los peces en sí mismos no eran el objetivo de la misión.
—¿Qué lo era entonces?
—Oro señor Keller, oro de la mejor calidad —respondió mirándome a los ojos.
Se acercó a la mesa, y sentándose de nuevo, se frotó la barbilla como intentando recordar.
—Los hombres pasaron horas escuchando las explicaciones del capitán y mirando dibujos en un mapa. Parecían poseídos por algún hechizo mientras contaban historias de otros barcos que lo intentaron antes que nosotros y fracasaron grandiosamente. A mí me enviaron temprano a ayudar en el cuarto de máquinas. Durante la madrugada, cuando el sol apenas se dibujaba en el horizonte, el vigía dio un grito de alerta que nunca antes había escuchado.
—¿Qué dijo el vigía?
—¡Las tres montañas!
—¿Tres montañas? ¿A qué se refería?
—Subí a la cubierta para verlo. No eran realmente montañas. Eran rocas enormes con la forma de dedos que salían del mar, tres dedos gigantes. El capitán ordenó detener el barco, y a partir de ese momento, estaba prohibido hacer ruido.
—¿Por qué no podían hacer ruido?
—Las rocas estaban habitadas señor Keller, sus moradores eran bastante sensibles y ariscos con los extraños.
—¿Vivian personas allí? —inquirí con interés.
—¿Personas? ¡No! —respondió sonriendo y agregó— pero le diré, que cuando sujeté a una de esas criaturas en mis brazos, pensé que estaba sujetando a un monstruo.