Natalia agarró con fuerza su bolso, mientras intentaba distraerse observando al resto de candidatos. Esta era su última oportunidad: o la seleccionaban aquí, o no habría más donde buscar. Y, sinceramente, a Natalia se le quedaba la mente en blanco cada vez que sopesaba esa posibilidad.
Sin embargo, era lo más probable. Los trabajos menos cualificados ya los habían cubierto los robots: limpiaban, cocinaban, cuidaban niños y ancianos, reparaban electrodomésticos, acarreaban paquetes, llevaban comida a domicilio, conducían…
¿Y los humanos? ¿dónde dejaba esta maravillosa revolución a los humanos? A Natalia no en muy buen lugar, desde luego.
Estaba rodeada por personas con sus respectivas pulseras verdes, muy llamativas y bien a la vista, por si alguien no se había enterado ya. Todos hermosos, altos, preparados, sin tacha alguna. Natalia intentó con todas sus fuerzas no pensar en su propia muñeca desnuda, y prestar algo de atención a la animada charla a su alrededor. Estiró como pudo las mangas de su jersey.
Un año, sólo un mísero año la separaba de esa generación perfecta, la generación de los modificados. Sin cáncer, sin miopía, sin acné, sin una sola peca fuera de su sitio. Natalia llegó un año antes, y eso la condenó.
Sintió una sacudida en el estómago cuando el pequeño robot blanco entró en la sala. Tenía un mensaje en pantalla, que repetía en voz alta:
EXCLUIDOS NO MODIFICADOS
Muerta de vergüenza, sin atreverse a mirar a nadie, Natalia se levantó y salió de la habitación en completo silencio.