Capítulo 1: La mudanza
El taxi negro se detuvo con un chirrido suave frente al número 42 de Prinsengracht. El cielo de Ámsterdam, teñido de un gris plomizo, parecía pesar sobre los tejados en punta de las casas que bordeaban el canal. Para Tom, aquel edificio de ladrillos oscuros y ventanas desproporcionadamente grandes era el trofeo de su nuevo ascenso laboral; para Ana, era una estructura que parecía observarlos con una fijeza incómoda.
—Es perfecta, ¿no creen? —dijo Tom, bajando del auto con una sonrisa que no terminaba de alcanzar sus ojos, ocultando el cansancio de meses de trámites—. Tiene ese aire histórico que buscábamos.
Ana bajó del vehículo sosteniendo con fuerza la mano de la pequeña Laura. La niña, de apenas seis años, no miraba la fachada. Sus ojos estaban fijos en el agua oscura del canal, donde los reflejos de las casas parecían distorsionarse como rostros alargados bajo la superficie.
—Hace frío, mamá —susurró Laura, pegándose al abrigo de lana de su madre.
—Es solo el viento del norte, cariño —respondió Ana, aunque ella misma sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
La entrada al nuevo hogar
Al abrir la pesada puerta de roble, un olor a madera vieja, cera de vela y algo más —algo metálico y rancio— los recibió. La casa era estrecha y las escaleras, empinadas y de caracol, se perdían en la penumbra de los pisos superiores.
Poco después llegó Elli, la niñera local que habían contratado para ayudar con la transición. Era una joven de mirada vivaz, pero al cruzar el umbral, su paso vaciló.
—Bonita casa —comentó Elli, aunque su voz sonó hueca—. Aunque estas construcciones tan viejas suelen guardar demasiados ecos.
Sombras entre cajas
Mientras los operarios subían las cajas, la familia comenzó a explorar. Tom se movía con energía, midiendo espacios y planeando dónde colocar su estudio. Ana, por el contrario, sentía una opresión en el pecho cada vez que entraba a una habitación nueva.
"Parece que la casa nos estuviera escuchando", pensó Ana mientras recorría el pasillo del segundo piso.
En la habitación que sería para Laura, la niña se detuvo en seco frente a una pequeña puerta de servicio en la base de la pared.
—¿Quién vive ahí, Elli? —preguntó la pequeña, señalando la madera carcomida.
Elli se agachó, forzando una sonrisa.
—Nadie, pequeña. Es solo para las tuberías. En Ámsterdam las casas son como rompecabezas.
Sin embargo, cuando la niñera se puso de pie, notó algo que le heló la sangre: en el polvo fino que cubría el suelo cerca de la pequeña puerta, no solo estaban las huellas de los zapatos de Laura, sino también unas marcas pequeñas, como de dedos largos y delgados que venían desde el interior del muro.
Al caer la tarde, mientras Tom y Ana brindaban con vino entre cajas apiladas, la luz del sol desapareció repentinamente tras los edificios. En ese instante, un portazo violento resonó en el ático, seguido de un siseo que recorrió las tuberías de toda la casa.
La mudanza había terminado, pero los verdaderos habitantes de la casa apenas comenzaban a despertar.