Si Tom veía la casa como una inversión, para Ana el número 42 de Prinsengracht era un organismo vivo que respiraba a espaldas de la familia. Desde que cruzó el umbral, una opresión constante en la base del cuello le advertía que no eran bienvenidos. Ana, que siempre había tenido una sensibilidad aguda —esa intuición que Tom solía descartar como "nerviosismo"—, sentía que las paredes de la casa estaban impregnadas de una tristeza densa, casi táctil.
La llegada de Elli
La necesidad de ayuda externa se volvió urgente cuando Ana se vio incapaz de concentrarse incluso en las tareas más sencillas. Contrató a Elli a través de "Keizers Recruitment", una agencia de élite recomendada por la esposa de uno de los socios de Tom. La agencia presumía de encontrar personal que no solo fuera eficiente, sino discreto.
Cuando Elli llegó, Ana sintió un breve alivio. La joven holandesa parecía práctica y robusta, el ancla perfecta para una casa que se sentía a punto de derivar hacia la locura. Sin embargo, ese alivio duró poco.
La casa empieza a hablar
Ana pasaba las mañanas intentando organizar la biblioteca, pero la atmósfera la repelía. El tercer día, mientras ordenaba unos viejos volúmenes de historia local, el ambiente cambió drásticamente.
El cambio de temperatura: De un segundo a otro, el calor de la calefacción central desapareció, siendo reemplazado por un frío que exhalaba vapor de su propia boca.
El rastro invisible: Mientras caminaba por el pasillo, Ana sintió la clara sensación de que alguien caminaba a su lado. Podía oír el roce de una tela pesada contra el suelo, un shhh-shhh rítmico, pero al girar la cabeza, solo veía las motas de polvo flotando en la luz grisácea.
El reflejo distorsionado: Al mirarse en el espejo del recibidor, no vio su rostro de inmediato. Durante una fracción de segundo, vio la figura de una mujer con el rostro hundido y los ojos cosidos con hilo negro, parada justo detrás de su hombro.
El miedo compartido
Ana bajó a la cocina, temblando, donde encontró a Elli lavando los platos. La niñera no cantaba como solía hacerlo; estaba rígida, mirando fijamente la ventana que daba al patio interior.
—¿Pasa algo, Elli? —preguntó Ana, intentando ocultar el temblor de su voz.
Elli se dio la vuelta lentamente. Tenía la piel inusualmente pálida.
—Señora Miller... hace un momento, mientras Laura jugaba en el salón, escuché una risa. Pero no era la risa de la niña. Era una risa ronca, como si alguien tuviera los pulmones llenos de agua. Provenía de debajo de las tablas del suelo.
Ana quiso decir que eran las tuberías, que la casa era vieja, que Ámsterdam estaba construida sobre lodo y agua. Pero las palabras se murieron en su garganta cuando vio que, en el cristal empañado de la ventana, se dibujaba la palma de una mano pequeña, una mano que se deslizaba desde el exterior... en un segundo piso donde no había balcón ni escalera.
"No estamos solos", pensó Ana con una certeza devastadora. "Y lo que sea que esté aquí, ha estado esperando a que alguien abriera la puerta para recordarnos que los muertos no olvidan quién invade su territorio".
Esa noche, Ana no durmió. Se quedó sentada en la cama, mirando la puerta de la habitación, esperando el momento en que los susurros se convirtieran en gritos.