Mientras la tensión entre los adultos crecía como la humedad en los cimientos, Laura parecía haber encontrado su propio modo de habitar la casa. Para una niña de seis años, la línea entre la fantasía y la realidad es delgada, y en el número 42 de Prinsengracht, esa línea se había borrado por completo.
Laura pasaba horas en el ático o en el rincón bajo la escalera, moviendo sus juguetes en un silencio absoluto, interrumpido solo por risitas contenidas y murmullos dirigidos al vacío.
Juegos en la penumbra
Un martes por la tarde, mientras la lluvia golpeaba con fuerza los ventanales, Ana encontró a su hija en el centro del salón. La niña había dispuesto un juego de té sobre una alfombra raída.
—¿Quieres más azúcar, Clark? —preguntó Laura, inclinando una tetera de plástico hacia una silla vacía.
Ana se detuvo en el umbral, sintiendo que el vello de sus brazos se erizaba. El aire alrededor de la silla vacía parecía más denso, como si la luz se curvara al pasar por allí.
—Cariño, ¿con quién hablas? —preguntó Ana, forzando una voz dulce que ocultaba su miedo.
—Con Clark, mamá. Él vive aquí desde hace mucho, mucho tiempo —respondió la niña sin apartar la vista del espacio vacío—. Dice que le gusta mi cabello porque le recuerda al de su hermana, antes de que el agua se la llevara.
Lógica contra instinto
Esa noche, durante la cena, Ana intentó abordar el tema con Tom. El ambiente era tenso; Tom revisaba unos informes de riesgo en su tableta, ajeno al aura opresiva del comedor.
—Tom, Laura está hablando con alguien. Dice que se llama Clark. Da detalles... cosas que una niña de su edad no debería saber sobre esta casa.
—Es un amigo imaginario, Ana —respondió Tom sin levantar la vista—. Es el estrés de la mudanza, el cambio de país. Es su forma de procesar el nuevo entorno. Déjala que juegue, ya se le pasará cuando empiece la escuela.
Elli, que servía la cena en silencio, intercambió una mirada fugaz con Ana. La niñera había visto más de lo que se atrevía a decir. Sabía que las pelotas de juguete de Laura a veces rodaban solas por el pasillo, regresando a la mano de la niña como si alguien las devolviera desde la oscuridad. Sabía que Clark no era una invención; era una advertencia.
La advertencia de Clark
Más tarde, cuando Elli subió a arropar a Laura, encontró a la niña dibujando en un cuaderno con crayones negros y azules. El dibujo mostraba a un niño pequeño con ropa anticuada, parado al borde de un canal, pero sus pies no tocaban el suelo y sus ojos eran simples cuencas vacías.
—Clark dice que sus padres están enojados —susurró Laura mientras Elli le subía las mantas.
—¿Por qué estarían enojados, pequeña? —preguntó Elli, con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta.
—Porque papá hizo un trato con el hombre de los ojos fríos —respondió Laura, cerrando los ojos para dormir—. Y Clark dice que, cuando los señores de la casa se enojan, siempre se cobran con sangre.
Elli salió de la habitación cerrando la puerta con mano temblorosa. Al girarse hacia el pasillo, vio una pequeña huella húmeda en la alfombra, del tamaño del pie de un niño, que desaparecía justo frente a la puerta del dormitorio de los padres. No era un amigo imaginario; era un heraldo del horror que estaba por desatarse.