Hace varios días, cuando venía de regreso de mi rutina de ejercicios, se montó en la unidad de transporte una muchacha de condición sordo-muda.
Venía con un morral tricolor que suele otorgar el gobierno venezolano en las escuelas públicas. El morralito estaba todo harapiento. Ella en un modo de desesperación comenzó a sacar hortalizas del bulto –sin importarle tropezar a diestra y siniestra cuando iba de pie.
Se desocuparon dos puestos delanteros. Logramos sentarnos la muchacha y yo. Ella siguió hurgando en su bolso y nuevamente sacó varias bolsas de hortalizas y frutas, al final extrajo varios cambures que asumo no quiso que se le aplastaran con el resto de cosas que traía encima. Sacó un cambur del pequeño racimo, lo comió y las conchas… ¿a dónde fueron a parar esas conchas?
¡Las arrojó por la ventana!
Sí, así como lo leen.
Y no solo eso, sino que “logró” que las conchas cayeran en una acera e hizo un gesto de puño y bajando su codo hasta la cintura en una especie de “¡Lo logré!”. Ella no se dio cuenta de mi gesto, pero sí quien iba detrás de la muchacha.
Faltaban escasísimos metros para bajarme y como no manejo el lenguaje de sordo-mudos, lo único que me provocó fue hacerle esta seña: .I.
Pero no lo hice.