El no tuvo mayores inconvenientes ahí dentro de su cajón. Transcurridos algunos días, luego de su fallecimiento, su rostro se conservaba inmutable como el de una momia sin la mas mínima mueca o señal de incomodidad. Su olfato estaba habituado a los olores nauseabundos y pestilentes de los desechos en putrefacción. Santiago López sobrevivía comiendo de lo que escarbaba en el relleno sanitario. Los jodedores de Cagua decían a modo de mamadera de gallo que cuando lo encontraran muerto, en vez de pasearlo hasta la iglesia San José para que el cura lo despidiera, los zamuros se lo iban a llevar hasta su rancho para velarlo en capilla ardiente, alzarían vuelo con el cadáver y lo regresarían de nuevo al vertedero de basura.
Los concurrentes que desfilaron para verlo por última vez, al lado del hueco en el cementerio de Cagua, no notaron ningún desagravio en el rostro ante la descomposición del cuerpo colocado entre los lados de su ataúd. Siempre se negó a ser un vasallo de la apariencia de los sentidos y la monería del aseo.
Leo A.
Caracas, 15 de octubre de 2013