La vida o lo adversas de las situaciones me ha mostrado que la PAZ ESPIRITUAL tiene más valor del que le he dado, que no hay emociones más placenteras que las de un alma tranquila.
He aprendido a no permitir que se me robe el éxtasis de mi amor propio.
Ese que me hace ser una mujer completa, divina y feliz.
Pocas cosas pertuban mi existir, a veces me pregunto si podre a vivir sentimientos plenos como los que sentía cuando era más joven.
No significa que la soledad no me acompañe, que el desespero no me agobie, las culpas, los errores, la carga de un pasado tormentoso y tóxico. El cumulo de estos pensamientos o sentimientos traen a mi uno aún más grande, la tristeza.
Deje de vivir de ilusiones cuando logre entender que nada de eso puedo cambiar, que mi trabajo de vida debe ser corregir errores que me han pesado y que han fluctuado MI FELICIDAD.
Mis noches siguen siendo largas y mi sueño en ocasiones es poco placentero, sentimientos amargos me abruman por momentos, pero canalizo esas energías y me hago cada vez más grande en espíritu y conocimiento.
Decidí ser fiel al reflejo que veo al espejo cada mañana al despertar, enumerar cada uno de mis sueños y trabajar en pro de ellos.
He logrado entender que no hay mayor compañía que la que me brindo yo misma en cada batalla.
He logrado retomar la plenitud de mis días, masificar mis virtudes y aprender a vivir con la carga de mis defectos.
Aprendí a dormir sin abrazos, a hacerme cargo de mis líos, a juntar mis pedazos.
Con los años y los daños aprendí a que la vida no es un cuento de hada, entendí que debo volar con alas propias, también aprendí a lidiar con mis demonios internos, y no significa que ya no los tenga.
Solo que entendí, que no son más fuertes que yo.
Me confieso enamorada de lo que descubrí que soy, de esa plenitud con la que llevo mi vida en la actualidad, y muy a pesar de que en mi hay ciertos aspectos opacos, brindo y celebro porque muy por encima de tantas cosas aún continuo brillando.