No es con mi propia fuerza, porque tu mano me sostiene.
En esos momentos en los que sentimos que colgamos de un hilo, que las fuerzas se agotan, que nuestros brazos y piernas se debilitan y no soportamos más. Es cuando la fuerza de Dios empieza a actuar.
Imagina que tienes que atravesar un precipicio y solo tienes que sostenerte con tus manos para no caer al vacío y morir. ¿Cuánto tiempo crees que resistirás estar así si no estás apoyado de algo más? Creo que es cuestión de minutos para soltarnos y caer.
Así pasa cuando estamos en esos momentos de angustia. Bien sea enfermedad, necesidad, problemas, etc. Todo eso nos hace sentir agotados, cansados, sin fuerzas. Pero es en esos momentos, en los más duros, donde debemos apoyarnos en el Señor, despojarnos del “YO”, y dejar que Dios actúe. Él está siempre dispuesto a ayudarnos, no te sueltes, no te des por vencido, avanza, apóyate en el Señor y saldrás victorioso.
Hoy puedo decir confiadamente. “No es con mi propia fuerza que he resistido, sino que tu mano me ha sostenido”.
Gracias Dios.