Tal vez nunca sepa por qué estoy aquí, por qué vine a este mundo. Sí, soy escritor, he publicado algo, tengo material inédito. Me gusta el color azul, me gusta el mar, la buena mesa, el sexo y la paz. Me encantan los silencios, las personas que hablan como en susurros, los gestos que lo dicen todo. Todo eso es cierto, pero es posible que haya venido a este mundo a hacerme muchas preguntas.
Y qué importa si no encuentro todas las respuestas. Quizás la gracia no esté en resolver el enigma, sino en sostenerlo entre las manos como un cristal opaco que refracta la luz de mil maneras distintas. Las preguntas —esas compañeras incómodas, esas sombras que se alargan al atardecer— tienen un valor propio, tan hondo como las respuestas. A veces, más.
Vivimos obsesionados con las soluciones. Con la idea de que todo debe tener un sentido claro, una explicación pulcra, un final redondo. Pero ¿qué sería de nosotros sin el vértigo de lo incierto? Sin ese espacio en blanco que nos obliga a inventar, a dudar, a crecer. La vida no es un examen con preguntas de opción múltiple; es un cuaderno en el que garabateamos hipótesis, tachamos certezas y, de vez en cuando, nos sorprendemos con una coma colocada en el lugar exacto.
Hay una elegancia en admitir que no lo sabemos todo. Que el "por qué" y el "para qué" a menudo se nos escapan. Hay humildad, la siento, en aceptar que el misterio es parte del viaje. Saber eso nos salva de la arrogancia. No somos dueños de la verdad. Las preguntas nos mantienen curiosos, vivos. Son el antídoto contra la rigidez, contra esa terrible certeza de que ya no hay nada nuevo por descubrir.
Los grandes personajes de la literatura, se quedan grabados en la memoria no porque lo entendieron todo, sino porque se atrevieron a cuestionarlo.
Lo que los hace humanos, lo que nos hace vibrar con sus historias, es precisamente esa grieta por donde se cuela la duda.
El crecimiento personal no es una escalera recta hacia la iluminación. Es más bien un laberinto. ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Por qué me duele lo que me duele? Estas no son piedras en el camino, sino el camino mismo.
A veces, la respuesta llega años después, disfrazada de experiencia. Otras, nunca llega, y hay que aprender a bailar con el vacío. Pero incluso entonces, el simple acto de preguntar nos transforma. Nos obliga a mirar hacia adentro, a confrontar nuestros miedos, a redefinir lo que creíamos inmutable. Una vida examinada —como decía Sócrates— no es una vida con todas las respuestas, sino una que no huye de las preguntas incómodas.
Quizás por eso escribo. Porque la Literatura es el territorio donde las preguntas pueden respirar sin exigirles una conclusión. Donde un personaje puede quedarse suspendido en su incertidumbre, y eso, lejos de ser un fracaso, se convierte en arte. En belleza.
Tal vez vine a este mundo a hacerme muchas preguntas. A amar el mar, el silencio, los gestos que lo dicen todo. A saborear la vida sin prisa por etiquetarla. Y si al final no encuentro todas las respuestas, no importa. Porque hay algo sagrado en seguir buscando, en seguir abriendo puertas aunque detrás solo haya otro pasillo.
Las preguntas son faros, no callejones sin salida. Y mientras siga haciéndomelas, estaré vivo.
✨ En #holoslotus, crecemos juntos.
✍️ Texto de mi Autoría.
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