
Dulce y amable flor
ha convocado en #greenzone a hablar de lo que deseemos.
Es su más reciente iniciativa # 3 ¿Qué tienes para contar?, y allá voy. A darme gusto con lo que me gusta. El cine. El anime por extensión.
Antes de entrar en materia me gustaría invitar a para que se sume a la iniciativa de nuestra cara amiga.
Esta es la noticia que me ha impactado. El cierre de uno de las productoras más grandes de anime del mundo: Gainax.
Y recuerdo que la primera vez que vi el episodio 26 de Neon Genesis Evangelion, apagué el televisor, desconcertado y frustración. ¿Esto era todo? ¿Un montaje surrealista de bocetos, fotogramas congelados y felicitaciones? No entendía nada. Y sin embargo, ni la serie, ni la sensación de haber sido desafiado , incluso traicionado, me abandonó.
Al contrario. Me persiguió.

Años después, comprendo que esa era la esencia pura del estudio: no darte lo que querías, sino lo que necesitabas. Gainax era un provocador intelectual disfrazado de fabricante de robots gigantes.
Para entender su impacto, hay que situarse en el Japón de los 90. La industria del anime se consolidaba como un poderío comercial, y fórmulas que empezaban a cristalizar. Y en ese panorama, Gainax irrumpió con una revolución a base de referencias cruzadas y puro atrevimiento. No veían una barrera entre el otaku que colecciona figuras y el cineasta que analiza a Bergman. Su cine era un diálogo frenético entre ambos mundos.
FLCL es el ejemplo máximo: una obra que es, simultáneamente, un coming-of-age sobre la pubertad y un experimento audiovisual que edita al ritmo de una banda de rock punk, donde un adolescente tiene una guitarra que le sale de la frente y una ciudad es atravesada por una plancha de ropas gigante.
¿Es caótico?
Absolutamente. Pero ese caos es la energía bruta de la creación sin filtros corporativos.

La grandeza técnica de Gainax —su fluidez de animación en Gunbuster, sus storyboards cinematográficos— siempre estuvo al servicio de una obsesión por la psique humana bajo presión. Sus protagonistas son pacientes: Shinji Ikari huyendo de su propio padre y de la cabina del EVA, Naota en FLCL navegando la confusión de crecer, Simon en Gurren Lagann luchando contra su propia inseguridad incluso mientras perfora el universo.
Gainax elevó la mecha de la simple aventura a la alegoría existencial. El robot ya era más que un arma; era una extensión del cuerpo, un símbolo freudiano de poder e impotencia.
Sin embargo, he aquí la paradoja que, como cinéfilo, me fascina y me inquieta. El estudio que mejor retrató los mecanismos del trauma, la fuga y el colapso institucional, terminó sucumbiendo a exactamente los mismos demonios que narró. ¿No es acaso la historia de Gainax, con su deuda abrumadora, su mala gestión y el escándalo criminal de su expresidente, el guión de una película que ellos mismos podrían haber hecho?
Una película sobre la torre que llega tan alto que su base, no puede sostenerla. El cierre de la compañía es el final temático perfecto, trágicamente coherente con su propia obra. Es la vida imitando al arte, irónicas crueldades.
Obviamente, ahora el anime se siente más pulido, más seguro y más calculado, y la desaparición de Gainax disgusta porque elimina un polo de riesgo radical.
El estudio ha cerrado, pero en el silencio, hay un eco va a perdurar.
No tengo dudas.

