Olga fue una amiguita mía que vivía en el barrio La Paz, y no quería vender droga como su papá, como canta, o cantaba, La Mala, porque su papá no vendía nada. Su madre y la mía eran amigas porque se encontraban al ir a comprar al mercado de la barriada Arco Iris. Un día iba al colegio agarrándome a las paredes, pues el viento me arrastraba, hasta que llegó la mamá de Olga que llevaba a su hija asida fuertemente de la mano y me cogió a mí de la otra y llegamos al cole sin poner los pies en el suelo, en volandas, fuimos de las pocas niñas que asistieron a clase. Ese día formamos un grupo mixto y nos echábamos miraditas. Ahí pudo ser que me fijara más en un chico que creo se llamaba Enrique. Era un rubillo que siempre iba con uno morenito y a mí me recordaban a los de la serie Starky y Hatch, de la que me gustaba el rubio. Un día Mari Carmen me sacó los colores, delante de su hermana mayor Trini y su amiga Inma, porque fuera de clase, cuando volvíamos a casa, empezó a llamar al rubillo, al niño Enrique y a decirle que me gustaba. A partir de entonces no lo volví a mirar. Lo volví a ver en el instituto pero solo un curso y ahí creo que me enteré de su nombre. A casa de Mari Carmen fui más de una vez a hacer trabajitos manuales para el colegio. A Mari Carmen la seguí viendo de lejos en el colegio Las Adelfas y en el instituto Zambrano, después le perdí la pista y la retomé cuando mi hermano terminó la carrera de Historia y en una cena de alumnos y profesores uno de estos iba acompañado de una muchacha que comenzó a hablar con Benigno, mi hermano, y a hacer como que adivinaba parte de su infancia hasta que se descubrió y le dio recuerdos para mí, era Mari Carmen que había acabado la carrera hacía seis años y era compañera de uno de los profesores de la universidad. Hace cinco años me la encontré como yo: por primera vez presentándose a las oposiciones, en su caso para profesora de Historia.