Bajo luces mortecinas
Otra noche se dibujaba fuera de la ventana, silenciosa y misteriosa. La contemplaba desde mi cama matrimonial, donde yacía sola, cohabitando con el insomnio. Sin poder soportar la idea de quedarme tendida evocando recuerdos, deslicé mis pies por las pantuflas y con cautela llegué hasta la puerta principal de la casa. Al salir a la calle el frío atacó violentamente mi cuerpo, atravesando mi bata cual esquirla de cristal. Arriba la luna llena era raptada por nubes negras. Una noche hermosa y a la vez… tenebrosa.
Tiritaba, pero continué con mi paseo. Por un momento no supe a dónde me dirigía o por qué, simplemente no tenía un rumbo determinado. Luego me di cuenta que no era del todo cierto, estaba en ese sitio al que había prometido no volver más. No sé cómo conseguí entrar, solo sé que me adentré por un camino donde las luces mortecinas de las farolas chorreaban.
Me detuve frente a un montón de tierra donde el nombre de mi difunto esposo estaba ausente. Solo había silencio y olor a muerte. No había lápida para comprobar que era cierto que él estaba bajo tierra. Minutos de dudas bastaron para tenerme arrodillada sacando tierra con mis manos, dispuesta a obtener la certeza de la que carecía. Pero era cierto, él había muerto, yo misma había visto entre lágrimas cómo enterraban su ataúd. ¿Y qué? Quería acariciar su cabello y cantarle. Solía decir que oír mi voz lo reconfortaba.
Al fin había dado con el ataúd. Imaginaba que dentro estaba lo que quedara de su cuerpo pálido, siendo recorrido por gusanos y bichos que habían hecho de él una apetitosa morada. El hedor entró por mis fosas nasales, pero nada de esto me importaba. No me importaba en absoluto. Podría verlo nuevamente y entender que el «hasta que la muerte nos separe» había llegado. ¿Y qué tal si la muerte no fuera impedimento para amarnos?
La luz de la luna cayó sobre su cara pálida y deforme, sobre su cuerpo inerte y casi intacto. Me senté a su lado y con ternura lo tomé entre mis brazos. Canté para él y luego junté sus labios con los míos. Un beso con sabor a tierra de camposanto y eternidad. Volví a entonar la canción y la noche fue hermosa… y tenebrosa.
La luz del sol lastimaba mi piel. La voz lejana de pronto se acercó, volviéndose clara e interrogativa:
—Señora, ¿está bien?
Miré a mí alrededor y fui consciente de dónde estaba: en el cementerio. Tenía la impresión de haber estado mirando la tumba intacta de mi difunto esposo fijamente, por horas. Mi bata de dormir y pantuflas sucias me demostraron que en efecto, así había sido. Otra vez el sonambulismo me había llevado a pasear de la mano. Volví a casa sintiendo el sabor amargo que el sueño con mi difunto esposo había dejado en mí.
La imagen utilizada en este post es libre de derechos de autor
This work is licensed under a Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0 International License.