
Días de lluvia torrencial: formo parte del lugar
I
Una lluvia torrencial azota la ciudad. Contemplándola estoy a través del cristal de esta inmensa, solitaria y silenciosa casa. El frío comienza a treparse por mi cuerpo, se inmiscuye en mi alma, me congela la sangre y detiene el tiempo. Prorrumpo gritos sin dejar salir la voz, me arranco los cabellos sin moverme, estoy como una estatua, lleno de dolor, una tormenta interna me aqueja.
Soy silencio, una extensión de este lugar estático y frío. Me hallo en un desierto escondido.
Afuera alguien se detiene, preguntándose qué encontraría detrás de estas paredes que desprenden ecos sombríos. Un mar de penas, un río de tristeza, noches de insomnio y días sin luz presentiría si fuera esa persona. Pero no puedo, soy solo yo, por lo tanto, vivo este infierno en cuerpo, hueso y mente.
Escalera interminable, motivas mis piernas, la luz que se arrastra debajo de ti perfora mis ojos. Estiro la mano para alcanzarla, para que la claridad queme también la oscuridad.
Fuera, debajo de este cielo nublado, veo una abeja, vuela y es tan ajena a mis dolores como lo soy yo de otros pesares. Le pregunto en silencio si sabe lo que es estar en pedazos, se va zumbando y me deja solo. Soledad…
Comprendo que “quiero” ya no es una palabra en mi diccionario, mis deseos se marcharon como la abeja fugaz. ¿Qué puedo exigir yo, que lo he perdido todo? Ningún deseo se me concederá.
Actúo por impulsos, camino de momentos, me sumerjo en los mismos recuerdos, hablo con mis problemas, me automatizo en esta casa inmensa.
Sin desearlo o no hacerlo, he de conformarme con ser parte de este lugar.
Parte siguiente --->