El alma del vampiro
El alma más triste que conozco está encerrada en el desván, condenada al castigo eterno. Los llantos lastimeros, convertidos frecuentemente en crisis incontrolables me condujeron hasta él, hasta su existencia en penuria.
Los antiguos dueños de mi vivienda se trasladaron tan rápido que parecían desesperados, no es difícil comprender el motivo: querían deshacerse de «Eso».
No fue fácil acercarme a él. Al hombre de ojos bruñidos en oro, tan intensos que resultan antinaturales. No, no es que hubiese sido una suicida buscando la soga de la cual colgarse, solo fui un ser humano conmovido por el dolor intenso contenido en esa área pequeña de la casa.
Nadie sabe cómo es posible tal transformación en los seres humanos, algunos afirman que es producto de una enfermedad, y otros, que nada tiene que ver con cosas de este mundo. Lo cierto es que no importa cuál sea el caso, no hay piedad para los humanos «contagiados» o «endemoniados».
A veces, con tales muestras de crueldad, cuesta saber quién es el monstruo realmente. Si los vampiros, o si los humanos que toman cartas en el asunto. Nadie se preocupa por el destino de estos seres, solo sienten alivio de desterrarlos de sus vidas.
No es mi caso. ¿Cómo hacer oídos sordos a ese llanto que sale desde el desván? Juro que el alma del vampiro trasmite los sentimientos más devastadores del mundo, que está arrepentida de los actos cometidos, consecuencias del escaso autocontrol. El dolor en su mirada no miente, la cadencia de su voz no deja espacio para dudas.
Estoy buscando una manera de liberarlo de sus ataduras, mientras tanto, lo acompaño cada día, porque desde que lo hago el llanto y las crisis han disminuido. Quizá es un alivio tener al lado alguien que te comprenda y no te juzgue, que no te mire como si fueras un monstruo y te condene al dolor de la soledad y la indiferencia.
Al contrario que la suya, mi vida es efímera, pero mientras viva me quedaré a su lado, regalándole el suspiro fugaz de mis días a su eternidad.