Papá amaneció indispuesto, toda la noche lo sentí quejarse. A duras penas logra levantarse de la cama y mamá le dice que de ninguna manera saldrá así a la calle, llamará a la oficina y dejará dicho que no podrá ir. No hay teléfonos cerca y los que están no sirven, de modo que se dirige presurosa donde el italiano. Me dice que me quede sentada en la sillita y espere mientras llama. Seguida del italiano desaparece en el interior del almacén, mientras yo observo las agujas del reloj que cuelga en lo alto de la pared. A pesar de mis cinco años ya sé leer las horas en números romanos, lo aprendí para mitigar el aburrimiento de tener que esperar a mamá a que termine de escuchar las arias cargadas de pasión que el italiano le canta.
Mamá se demora y, según mis cálculos, ha pasado más de una hora. Cabeceando en la sillita escucho las risas de mamá que sale presurosa. Sofocada, sonrosada se arregla el pelo mientras me toma de la mano y salimos a la calle para que las miradas lascivas se detengan en su cuerpo y resbalen hacia su corazón que se alborota y llena de fiesta. Mamá dice que son piropos que los hombres acostumbran decirles a las mujeres para alegrarles el día. Algunos son tan chistosos que mamá ríe tan alegremente que despierta el odio de las otras que se sienten ofendidas. Le pregunto si llamó a la oficina, mamá se lleva las manos a la cabeza. ¡Ay Dios, se me olvidó! Entonces... pienso en papá.
Me he aprendido algunas arias. El italiano dice en su enredada lengua que él escuchó una vez a Enrico Caruso cantar la ópera La Boheme allá en su tierra natal perdida en la nostalgia. Su rostro sonrosado y alegre se pone melancólico ocultando su eterna sonrisa que se oscurece. Emulando a los grandes tenores de la época comienza a cantar el aria “che gélida manina” mientras me toma en sus brazos, y estrechándome contra su pecho siento lágrimas que mojan mi vestido. El rostro de mamá se entristece y se sonroja cuando él la mira.
No sé a ciencia cierta si es verdad o no que escuchó a Enrico Caruso, pero su voz es potente y muy romántica. De pronto, el almacén se convierte en el mítico Teatro Alla Scala de Milán con su extraordinaria colección de pinturas, estatuas y sus lujosos muebles y espejos. La música lo invade todo mientras él canta el tristísimo pasaje. En la cúspide de aquellos agudos que estremecen las paredes, toma a mamá de las manos para terminar con la orquesta invisible y los aplausos del teatro que está lleno a reventar. Mamá no pudiendo contener la emoción, lo abraza por largo rato. Entonces... pienso en papá.
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