Iba caminando con su vestido morado, llevaba tacones delgados, para parecer alta ante los enanos. Medía un metro y algo, para no alarmar a quienes quieren caminar a su lado, siempre iba silbando las mañanitas con un desafinado encanto.
El sol la acompañaba, el cielo estaba color blanco, es un fenómeno extraño, que solo se ve en los cuentos inventados.
Llegó Waldo el perro, un animal algo viejo, él siempre está cansado, porque jugó durante 13 años. Ella alza los brazos, se emociona al verlo cercano, a los amigos hay que abrazarlos y decirles cuanto los amamos.
El perro sube la cabeza, baja la cabeza, otra vez la alza y de nuevo la baja. La chica del vestido morado, no entiende lo que pasa, el perro alarmado se para en dos patas y suelta una carcajada.
Entre risas burlonas, Waldo le ladra que está graciosa, porque se ha puesto medias de color diferente, una verde y otra gris como el pavimento del frente.
Ella se cubre el rostro, no sabe que hacer con este penoso, trata de tapar sus medias, pero es imposible por el tamaño de estás.
Ella empieza a reír, sabe que no debe dañar su día feliz, son cosas que pueden pasar, por eso el mundo no se acabará.
No hay como reírnos de nosotros mismos, más aún cuando lo hacemos con un buen amigo, usemos medias de colores y disfrutemos la vida con amores.
Fin
Créditos texto y fotografía: Margarita Palomino
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