Cuando los cacahuates se reúnen en el parque, juegan a saltar sin azararse, han construido una alfombra grande, de color amarillo y azabache.
Pero un día el tapete se alborota, está cansado de las pisadas que le tocan, así que se para afanada y emprende vuelo sin que nadie diga nada.
Los cacahuetes no se alarman, traen un colchón de agua, pero cuando uno de ellos lo ensaya, se hunde y queda empapado hasta el alma.
Entonces empieza a bucear, en agua con color mar, hasta que raíces empieza a generar, ha germinado mientras jugaba a nadar.
Llega la chica con vestido de mar, mira que hay raíces creciendo sin cesar, pone el cacahuate en una maceta, mientras una abeja zumba ―zzzzzzzz hueles a cerezas.
De nuevo pondremos a germinar cacahuates, porque los cacahusos no dieron manís grandes, pero eso no nos importa, solo queremos tener a quien cantar en las mañanas con voz gritona.
Mi amigo
dice ―siembra algo que se dé un tu clima―, pero yo debería decirle ―nada me hace más feliz que esas flores amarillas.
Créditos
Margarita Palomino
Este hermoso diseño fue un regalo de la princesa
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