Con poco efectivo a mi favor, no puedo tomar un taxi, así que un autobús es mi única elección. Logro montarme por fin en el transporte público. Con una música jocosa de esas que pegan con la realidad que te hace aterrizar a tierra. Era Hector Lavoe y Willie Colón, una salsa que se grabó en el año 1972, yo ni pensaba nacer.
♪♫♬Entren que caben 100
Ay, que caben, que caben 100
50 parao 50 de pie
Dicen que es lo mismo pero yo no se
Oiga si hay fuego en el 23
Entren que caben 100
Qué caramba le importa a usted♪♫♬
♪♫♬Ay yo me voy para la luna
Me voy montao en chu chu tren
Eh rumbero rumba buena
Oye saoco me lleva la morena
Que paren la puerta
Que paren la puerta
Oye Ruperto
Que paren la puerta
Y que me paren la puerta
Oye♪♫♬
♪♫♬Que mujer más linda
Pero está muy gorda
Parece una puerca
Que paren la puerta
Y que me paren la puerta
Mamita la puerta
Pero bendito que es lo tuyo♪♫♬
Así iba ese autobús por la cantidad de gente. ¿Sabes de lo que te habló? Hasta que después de veinte minutos en el tráfico logro sentarme, me vuelvo a ir a esos pensamiento que van a toda prisa, si, cuando digo a toda prisa, es que hago mil cosas, pero cuando vuelvo a la realidad el autobús no ha avanzado nada y yo sigo ahí sentada en ese asiento que el cojín cada vez que el chofer frena se rueda. El cansancio me va derrotando, el sudor corre por mi frente, y yo me dejo seducir y me recuesto en el espaldar del asiento del vecino, hasta que el sonido de un animal me paraliza y me sobresalta el corazón.
¿Qué cosa es esa? El ayudante del chofer grita: ¡POLLLL FAVOOOLL, HACIA EL FINAL DEL PASILLO, MI GENTE. COLABOREN! (no utilizaba la R)
Vuelve a frenar el chofer y siento como el animal vuelve a hacer un ruido. Su dueño lo tenía guardado en una franela. La curiosidad por saber qué era. Hasta que cacareó ese gallo todo asustado. Otro de los usuarios grita: ¡Tengo hambre chofer, muévelo!
Un país rico en petróleo no cuenta ni con carreteras, ni mucho menos con el transporte que se merecen los usuarios así que vamos relativamente como: sardinas en latas. Sube una niña como de 13 años, pero al ir sentada no logro sino verle la cara. Le dan paso para que se arrime hasta el final de autobús, tenía en brazos a un bebé de aproximadamente 2 años y estaba esperando otro bebé. Rápidamente le ofrecí el asiento. Me dio las gracias y me confesó que venía del hospital sin yo preguntarle, pero luego por su cara de preocupación le pregunto, ¿tenía cita el bebé? No, señora- me dice me van a hacer cesárea por el otro que viene en camino y no hay insumos para la semana que viene para atenderme. Toca esperar.
Y yo quejándome por llegar unas horas tarde, me digo mentalmente. Le di gracias a Dios porque mis problemas no son nada comparados con los de esta chica. Y no lo digo porque vaya a tener otro bebé, lo digo porque esa niña de corta edad en vez de estar estudiando y preparándose por un mejor futuro, está ahí buscando maneras de traer un nuevo angelito al mundo.
Tuve que gritar porque con esa música a todo volumen nadie me escuchaba: ¡¡¡PA-RA-DA!!!
Hasta que el señor que llevaba un pescado en las manos dijo: ¡LLévatela pa’ tu casa, chofer!