La tríada oscura
El hombre de la cazadora miró a los ojos a la temerosa mujer antes de dejarla caer de la terraza, a cien metros de altura. La indiferencia inmanente de su ser venía acompañada por un montón de otras características desagradables, cuyos efectos habían afectado de tal modo a la sociedad, que aquella era su víctima número trescientos noventa y tres. Allá abajo, enmudeciendo su largo grito desesperado, el cuerpo cedió ante la fuerza del impacto con el piso. Un inmortal menos, se dijo el victimario, ya no es tan inmune a la muerte. Y resultaba irónico, pues él mismo formaba parte de esa clase privilegiada que se había convertido en la norma desde que fue muy fácil alargar indefinidamente la vida de los llamados telómeros. Humanos viviendo por siempre, hasta que ellos mismos lo decidieran, qué estrafalario. Se rio por un momento, mientras la puerta que tenía detrás era golpeada con vehemencia.
Varios personajes, vestidos con uniformes negros similares a una armadura, le rodearon, apuntándole con sus armas paralizadoras. Quieto, dijo uno de ellos. Bien sabían que ya era demasiado tarde, cincuenta años tarde. Él no dudó en hacérselos saber, porque, al menos con motivo de burla, deseaba que entendieran algo, que existían otros iguales, otros cuya genética había hecho coincidir las tres personalidades malévolas posibles en su entramado neuronal, y ahora eran como un cáncer, inmortales individuos que causan caos dentro de un sistema estable, explotadores, manipuladores, egocéntricos. El mundo soñado, la vida soñada, se convertía en una pesadilla sin fin.
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