Fuente
El Reloj de Arena y la Brisa del Desierto
En el centro de una duna inmensa, donde el sol parece detenerse a descansar, se encontraba un Reloj de Arena, era de cristal tallado con su base de ébano, era un objeto orgulloso, obsesionado con la precisión, y su único propósito en la vida era contar cada grano que caía, asegurándose de que el tiempo transcurriera de forma ordenada y previsible.
Un mediodía, una Brisa ligera y juguetona se detuvo a su lado, la Brisa no tenía forma, ni horario, ni destino; simplemente fluía según le dictaba el corazón del mundo.
—¿Por qué te quedas ahí tan rígido? —preguntó la Brisa, agitando apenas unos granos de polvo a su alrededor—. El desierto es vasto y hay mil paisajes que ver más allá de este montículo.
El Reloj, sin desviar su mirada interna de la cascada de sílice, respondió con voz grave:
—Mi deber es la constancia, si me muevo, el orden se pierde, tú eres voluble, no entiendes el valor de lo que permanece, yo mido la eternidad; tú solo eres un suspiro que se desvanece.
La Brisa sonrió y sopló con un poco más de fuerza,
—Mides el tiempo, es cierto, pero ¿lo vives? Estás tan ocupado contando los segundos que se te olvida que el sol ya cambió el color de la arena de oro a fuego.
—La belleza es irrelevante para la exactitud —sentenció el reloj.
En ese momento, una tormenta repentina se desató, el viento arreció y una ráfaga violenta volcó al orgulloso Reloj, enterrándose profundamente bajo una nueva duna, sus granos internos se mezclaron con la arena del exterior a través de una pequeña fisura en el cristal; cuando la tormenta pasó, el Reloj ya no podía contar nada; era solo un trozo de vidrio roto en el silencio.
La Brisa regresó al atardecer y, al no encontrar al Reloj en su sitio, susurró a los restos bajo la arena.
Moraleja:
Quien vive obsesionado con medir la vida y controlar cada instante, corre el riesgo de que la existencia le pase de largo, la rigidez nos hace frágiles ante el cambio; es mejor fluir con el tiempo que intentar atraparlo en una caja de cristal.