Es bien sabido que en tiempos de crisis espiritual las actitudes vitales son pesimistas, nihilistas e inertes. Las dudas giran en torno al Pasado, al Presente y al Futuro para intentar encontrar respuestas al atolladero. ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? ¿Qué pasará?, se pregunta el que quiere comprender el mundo en el que ya no siente que siempre estuvo sino que ahora se siente arrojado. ¿Cómo sobrevivir a esto?, se pregunta aquel que no quiere dejarse arrastrar por la sensación de muerte de su mundo. En ese sentido no quiero que crean que esto, por el título, es un texto nihilista o pesimista. Por el contrario, la palabra Ilusión, que es la que se presta a confusión está siendo usada en tres acepciones al mismo tiempo, por eso tengo que hacer esta aclaratoria y también por eso está puesta en mayúscula. La primera acepción es, desde luego, concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos. En esta sí pueden completamente creer en primera instancia que este es un texto pesimista y nihilista. Su segunda acepción resulta ser pues esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo. Y la tercera es ironía viva y picante. Así con esto cuando digo Una Ilusión llamada Venezuela estoy diciendo, al mismo tiempo, Una [Imagen falsa o errada causada por los sentidos, Esperanza e Ironía] llamada Venezuela.
Pero a todas estas, ¿qué es Venezuela? Primeramente, para el que no lo sepa, es el nombre de un territorio al norte de América del sur y este territorio es un País, a este país es al que dignamente pertenezco, o por lo menos pertenezco. Su historia precolombina no me interesa acá ni tampoco su historia colonial. Si hay una historia de la que hablar es, en definitiva, la que empieza con la firma del Acta de Independencia, la historia de Venezuela como País independiente. Respetando el mal juego de palabras que conocí en Mafalda, la historia de Venezuela como País in the pendiente. pero esto no es un texto rigurosamente histórico sino una historia, es decir, una narración de sucesos.
Nuestra Historia como País nunca empieza pero siempre estamos en medio de ella. En ese sentido me atrevo a considerar que así como uno puede plantearse arrojado en el mundo sin ningún sentido previo, en consonancia con la famosa sentencia de Ortega y Gasset "la vida nos es dada no como algo hecho sino como algo por hacer", uno se puede plantear como arrojado en la Historia pero ya no solamente viéndose a sí mismo como un hacedor de Historia en el quehacer continuo de la experiencia sino como un sujeto que repiensa su Historia para entender en qué mundo ha sido arrojado. El no pasar por el estadio reflexivo del repensar la Historia deja al pasado como una incertidumbre, como una falsa imagen, como una ilusión.
El venezolano, como plantea Mario Briceño-Iragorry en Mensaje sin Destino, es un pueblo antihistórico. Su conciencia histórica es cuestionable tanto en su condición de conciencia como de histórica. Su pasado es construido desde el presente en narrativas convenientes para el que puede reconstruir el pasado. En ese sentido, todo gran gobierno empieza siendo el gran gobierno que trae la paz, el progreso o la promesa de turno. Denuncia como espuria la ley anterior y hace su propia ley: su propia constitución.
En este sentido no hay nada más sospechoso que la imagen naturalizada que se tiene del pasado. Nuestra historia se escribe con herederos, descendientes espirituales de los grandes hombres siendo casi siempre el primero Simón Bolívar. Esta tradición nos hace caer también en trampas históricas en las que al ser el presente algo espantoso lo pasado, que lo adversa o que nos aleja como el sueño, se nos presenta ideal. No se ve la continuidad que hay entre procesos históricos previos al presente sino que hay entre los procesos históricos un hiato, como plantease César Zumeta en su discurso de incorporación a la Academia nacional de la historia cuando planteó que <<entre la República y la Colonia existe un hiato semejante al que separa el Antiguo del Nuevo Testamento>>
El venezolano contemporáneo siempre ha vivido inmerso en una situación única para la Historia Patria, y para su Historia vital. Este país no ha sido pensado para su pueblo, ni para sus ciudadanos, ni para sus individuos. Este país no ha sido un país popular. En ese sentido se tiene que vivir reinventando el pasado, el precedente acontecer. Usando como referencia a Carmelo Vilda en la obra Proceso de la Cultura en Venezuela hablando de los puntos tocados en la convención de Valencia de 1858 me quedo con tres puntos claves: .) Los militares se impusieron sobre los civiles (las armas sobre el Estado de Derecho). .)El pueblo sigue a los caudillos, no a las leyes. .) Somos una sociedad inestable, débil, quebradiza. Resultaría peligrosa la sinceración: "que no se toque el pasado, es preciso, señores que echemos un velo sobre el pasado, es muy ominoso, pocos saldríamos limpios del pasado". (Intervención del Diputado Silverio González).
Que toca entonces, pues atreverse a escribir de Historia: adversar a Silverio González y tocar el pasado, quitar el velo que cada gobierno pone sobre nuestro pasado y nuestro presente aunque uno mismo se ensucie. Nuestra Historia, para poder ser un pueblo histórico, es sucia. Esto hace que haya que escribir con Ironía. Todo texto histórico que trate de tocar ese velo puesto sobre lo pasado es necesariamente un texto irónico. ¿Por qué irónico? Porque es un texto que se detiene a dar a entender lo contrario de lo que dice: nuestro pasado es parte de nosotros aunque sea la mierda que digo que es. Hablar del caudillismo venezolano, ya tocará, será desde la más afilada pluma pero no para vilipendiar a nuestros anteriores sino para poder comprender su evolución y poder saber si todavía hoy vive el germen del caudillo. Con esto quiero aclarar que cada Disparate debe ser leído como un texto que esconde algo más.