Un ajedrez intenso se manifiesta cada que salgo a caminar, y a diferencia del juego de madera o porcelana, las piezas de este juego son personas, modestas o impúdicas, eso no importa. El labrar de las tareas no importa ni lo hará alguna vez, no en las ideas. Importará el deseo de quienes permanezcan en detrás de la linea externa, de ellos es el juego ganado, o así se cree. La rebeldía siempre es tardía, por culpa del indolente que afirma ser doliente. Cesado y cansado se encuentra el peón de primera fila, el que salta de cuadro en cuadro hasta cumplir su misera tarea, morir. El peón nunca será defendido por Rey ni por la Reina, porqué el Rey es otra pieza y la Reina otra cualquiera, que al juego nuevo esta vuelve a relucir, tan limpia e impávida como siempre. La Reina defenderá al Rey ante cualquier adversidad, y en un intento de atentar con un contragolpe, es comida así sin más. Si despegamos del Tablero veremos viejos decrépitos, jóvenes insensatos y adultos inmaduros, jugando en cantidad de cantidades de mesas y tableros, sólo es un juego. De ahí para allá el juego continua, nunca termina, nunca cansa y por supuesto, nunca estimula.