Otra vez me toca morir ante tu silencio sepulcral,
ya desfallecido y con la agonía de la decepción de haber tenido que huir sin ti,
torturado por el espacio vacío que dejan
las cosas que solo en mi imaginación se suscitan.
Desgarro la realidad con una fantasía de tu nombre carente de ecos.
Me toca morir con la sonrisa que anuncia tu recuerdo
y vivir atado a que quizás no vuelvas a alcanzar mi presente.
Heme aquí, una vez más, remendando los trastes de mi alma,
atando nudos a mi voz para que no se note la tristeza,
diciéndole a mis ojos que no destellen, que no flaqueen
y dejando que aquel silencio que una vez de ti me sedujo
hoy sea mi verdugo:
Me he cortado las venas...
Tu indiferencia me dispara una vez más,
hiere mi inteligencia, confunde cada silencio.
Hoy trato de imaginar tu voz,
porque las letras no llevan el sonido original de tu esencia
y los suspiros han mermado su espontaneidad.
Aquel aire manipula mi sentir
para hacerme pensarte.
Respiro para que, en ese sonido, me puedas alcanzar
y en un beso descubramos qué tan grande somos
en medio de la maldita distancia.
Me volví el espía que vivía fuera de tu realidad.
Te odio porque estoy incluso lejos de mí, porque sin ti, yo no soy yo,
y tú casi nunca estabas.
Te maté muchas veces en mi imaginación,
pero en seguida revivías en mis venas.
Tal vez una cuchilla por esas verdes vías
resulte en el rojo de tu completo sepulcro.
Tu cobardía brilla con más intensidad que el sol.
Es muy forajida esta falsa ilusión, que me asfixia,
me llena de estupidez. Tropiezo sin fortuna
Sé que obviarte sería admitir la derrota de mi incertidumbre,
sólo intuirte aniquilaría la paciencia de un anhelado encuentro común.
¿Cómo puedes ser la mejor persona y la más tóxica a la vez?
¿Cómo es que soy el único testigo que tiene que enfermarse de indiferencia?
Pues, así juegas, queriendo o sin querer, con tu omnisciencia.
El desencuentro aún nos arropa.
La distancia aún no me muestra piedad,
sigue siendo una perra maldita.