¡Carmelino versus el Espanto en el techo!
Carmelino Vitorino, un hombre de 40 años cuyo "instinto de supervivencia super desarrollado" - entiéndase: cobardía extrema 😆 - lo había mantenido a salvo toda su vida porque... huía de todo, desde de viejitas mal encaradas en el supermercado y de perros callejeros (incluidos chihuahuas), hasta de bolsas de plástico movidas por el viento. Carmelino vivía en un barrio pobre cerca de la ciudad, en una humilde casita de ladrillos y con techo de láminas de zinc. Su único compañero era Pudín, un gato negro de ojos amarillentos y un par de grandes orejas puntiagudas al que siempre regañaba, ya que, sin querer, el gato le daba más de un sustillo con solo andar por la casa.
—¡Fuera gato estúpido! ¡Fuera YA! — gritaba cuando Pudín se le arrecostaba de la pierna y Carmelino brincaba del susto.
Una noche, mientras Carmelino intentaba dormir, ¡PLOM! ¡PLAM! Sonidos en el techo. Se encogió bajo las cobijas. "¿Fa-fa-fantasmas? ¿De-de-demonios? ¿O… peor… ratones gigantes?" Carmelino se ocultó bajo la cobija, como si esta lo iba a proteger, y así estuvo tembloroso hasta que se quedó dormido.
Pasaban los días y los ruidos se hacían más recurrentes, todas las noches: ¡PLOM! ¡PLAM! ruidos como pasos, como demonios que atormentaban a Carmelino, tanto que ya no le dejaban dormir.
Desesperado, Carmelino fue a ver al Padre Moroco, un cura viejito que atendía la capilla del barrio y que era casi tan miedoso como él.
—¡Padre, mi casa está embrujada! — Carmelino, temblando, le contaba al cura como espantos se movían en su techo.
—¡Ay, hijo, pero qué miedo! — respondió Moroco, escondiéndose detrás de su Biblia. - Pero no te preocupes, ¡la bendeciremos hasta que el diablo se aburra y se largue de allí!
Ambos idearon un plan: luego de bendecir la casa y casi inundarla con agua bendita en todos los rincones y hasta dentro de la nevera, iluminarían el techo con una linterna que colocarían arriba y atada con un cable largo para encenderla desde abajo, porque subir a oscuras era demasiado valiente para ellos 😄 .
Esa tarde se encontraban Carmelino y Moroco con mucho cuidado instalando el cable cuando... ¡Miau! Ambos pegaron un grito sorprendidos por Pudín y creyendo que se electrocutaban con el cable.
—¡Fuera de aquí gato estúpido! — gritó Carmelino al tiempo que le propinaba una patada, el animalito huyó y salió pronto de la casa.
Cayó la noche, y el "valiente" dúo se armó como cazafantasmas amateurs: agua bendita (en una botella de refresco reciclada), crucifijos (uno de plástico que decía "made in china") y ajos (por si el espanto resultaba ser un vampiro).
Para "calmar los nervios", se tomaron un litro de vino barato, el mismo que usaba Moroco en la misa, y así embriagados, se sentían más valerosos 😆.
—¡Somos invencibles! —dijo Carmelino, tambaleándose.
—¡Sí! ¡El miedo es… es… una ilusión! —afirmó Moroco, mirando detrás del sofá por si acaso.
Entonces… ¡CRAC! ¡PLOM! Los ruidos regresaron. Carmelino dió un gritico y Moroco casi se desmayó, pero juntos se dieron valor, encendieron la linterna y subieron por la escalera de madera, tropezándose porque ninguno quería ir primero.
—¡Tú primero! —chilló Carmelino.
—¡No, tú! ¡Eres el dueño de casa! —replicó Moroco.
Al llegar, solo vieron oscuridad… y la pared de la casa vecina iluminada por la linterna.
¡PUM! ¡PUM! Más pasos. Ambos se abrazaron y vieron como ¡Una sombra negra, con dos triángulos como cuernos, crecía poco a poco en la pared!
—¡ES EL DEMONIOOOO! —gritó Moroco, tirando el agua bendita (que caía empapando a Carmelino).
—¡CORRE, CORRE, QUE NOS LLEVAAAA! —chilló Carmelino, resbalando en los escalones.
Cayeron en bola por las escaleras, rodando hasta la sala, donde se enredaron en el cable de la linterna y salieron a tropezones y codazos hacia la calle, sin dejar de gritar.
Y entonces…
¡Miau!
Desde el techo, con sus orejas puntiagudas proyectando la temible sombra, Pudín confundido, los miraba correr como lagartijas asustadas y perderse en la oscuras calles del barrio.
Fin
😆🐱👻
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